miércoles, 17 de junio de 2026

LA DERROTA NUNCA BORRA LA GRANDEZA




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Hay algo que debería hacernos reflexionar: lo rápido que olvidamos el esfuerzo ajeno cuando aparece una derrota. Hace apenas unos días, muchos consideraban a Ilia Topuria un ejemplo de disciplina, perseverancia y excelencia deportiva. Hoy, tras perder un combate, algunos cuestionan todo aquello que antes admiraban. Es una reacción frecuente en una sociedad que suele valorar más el resultado inmediato que el camino recorrido para alcanzarlo, y, sin embargo, una derrota nunca debería tener el poder de borrar años de sacrificio, constancia y trabajo silencioso.

Detrás de cada campeón hay miles de horas de entrenamiento, renuncias personales y familiares, momentos de duda y una capacidad extraordinaria para seguir adelante cuando las cosas no salen como se esperaba. Lo que vemos durante unos minutos en una competición es únicamente la parte visible de una historia mucho más larga. Por eso resulta injusto reducir la trayectoria de una persona a un único resultado, pues un combate puede ganarse o perderse, pero el esfuerzo invertido para llegar hasta allí permanece intacto.

La derrota de Ilia Topuria no cambia quién es ni lo que ha conseguido, no elimina las victorias anteriores, ni el ejemplo de superación que ha representado para miles de personas. Al contrario, este momento abre una nueva etapa en su carrera, una etapa que también forma parte del camino de cualquier deportista de élite, porque si ganar exige talento, trabajo y preparación, perder exige algo todavía más difícil: humildad, autocrítica y fortaleza emocional.

Los grandes campeones no se distinguen únicamente por los títulos que consiguen, sino por la manera en que responden cuando las circunstancias les son adversas. Después de una derrota llega el momento de analizar lo ocurrido, identificar errores, corregir aspectos mejorables y recuperar la confianza. Es un proceso incómodo, pero también necesario, pues la mejora personal rara vez nace de la comodidad, y suele surgir precisamente en aquellos momentos en los que la realidad nos obliga a detenernos, reflexionar y replantearnos el siguiente paso.

Vivimos en una cultura que busca héroes invencibles, pero la realidad siempre ha sido otra, ya que ninguna trayectoria brillante está libre de tropiezos, ningún deportista ha llegado a la cima sin conocer antes el sabor amargo de la derrota. Lo que ocurre es que solemos recordar los trofeos y olvidar las caídas que los precedieron. Nos emocionan las victorias, pero pocas veces prestamos atención a los momentos de frustración, a las lesiones, a los errores o a las noches en las que muchos campeones se preguntaron si serían capaces de volver a intentarlo.

Además, existe una diferencia importante entre quienes observan desde fuera y quienes se atreven a competir, pues el que nunca arriesga rara vez conoce la derrota, pero tampoco conoce la satisfacción de superarse a sí mismo. Solo quienes persiguen metas ambiciosas se exponen al fracaso, a la crítica y a la posibilidad de caer. Por eso, cada derrota de un campeón encierra también una lección de valentía, la de haber tenido el coraje de intentarlo, aun sabiendo que el resultado no estaba garantizado.

La historia del deporte está llena de ejemplos que demuestran que las grandes victorias suelen construirse sobre derrotas anteriores. Cada caída aporta una enseñanza, cada error deja una lección y cada obstáculo obliga a desarrollar nuevas fortalezas, por eso, perder no es fracasar. Fracasar sería renunciar al aprendizaje, abandonar el esfuerzo o dejar de creer en uno mismo, y quienes han llegado tan lejos como Ilia Topuria suelen poseer precisamente la cualidad que marca la diferencia, la capacidad de levantarse cuando otros se quedarían en el suelo.

Quizá la enseñanza más valiosa de todo esto trascienda incluso el ámbito deportivo. Todos, en algún momento de nuestra vida, vamos a enfrentarnos a derrotas personales, un proyecto que no sale adelante, una oportunidad perdida, una relación que termina o una meta que parecía al alcance de la mano. En esos momentos podemos dejarnos definir por el tropiezo o entender que forma parte del proceso de crecimiento. La diferencia entre unas personas y otras no suele estar en las veces que caen, sino en las veces que deciden volver a intentarlo.

También conviene recordar que el éxito verdadero no consiste en ganar siempre, de hecho, nadie gana siempre. El éxito auténtico consiste en mantener la coherencia con los propios valores, seguir trabajando cuando desaparecen los elogios y conservar la humildad tanto en la victoria como en la derrota. Los resultados cambian, los aplausos van y vienen, pero el carácter permanece, y es precisamente en los momentos difíciles cuando ese carácter se pone a prueba.

Por eso, antes de juzgar a quien pierde, conviene recordar todo lo que hizo para llegar hasta allí, porque llegar a la cima ya es algo extraordinario, pero mantenerse en ella es aún más difícil, y tener el coraje de volver a empezar después de una derrota es una muestra de fortaleza que merece tanto respeto como cualquier victoria.

El tiempo dirá cuál será el próximo capítulo en la carrera de Ilia Topuria, pero hay algo que ya sabemos: un combate perdido no borra una trayectoria construida con tesón. Los títulos engrandecen a los deportistas, pero es la forma de afrontar la adversidad la que revela su verdadera dimensión humana. Todo guerrero conoce una verdad que la vida se encarga de recordar una y otra vez: las mayores victorias suelen llegar después de haber aprendido a convivir con la derrota, y es precisamente ahí, cuando desaparecen los aplausos y solo queda el carácter, donde nacen los auténticos campeones.

Si Ilia Topuria era un gran deportista, ahora nos demuestra también que es un gran ser humano, pues su mayor éxito sin duda es el que todos/as lo podamos sentir como algo "nuestro". 

 

jueves, 9 de abril de 2020

Hoy no bajes del cielo


    Estimado papá, éste Jueves Santo no bajes del cielo.

   Perdóname si ésta vez falto a la cita, si no cuento lo pasos de una calle Toledo que se muestra extraña, si no charlamos a voz en grito en una ciudad sin voz, sin alegría y sin emoción. Hoy han puesto rejas, por nuestro bien, al mismo amanecer, al viento y a los abrazos. 




     Hoy no podré sonreírte, mientras mis lágrimas callan al sonido unas lejanas trompetas y tambores, mientras un olor a incienso pasa furtivo entre las velas encendidas de una noche tan especial y, donde nuestras manos, agitan el viento esperando acariciarte.

     Tu silla de plata, papá, no rodará por las empinadas calles que tanto nos hacían reír. Te reías siempre de mí cuando aparecía con mis zapatillas de deporte para empujarte, cuando resoplaba por el esfuerzo, pero no, nada nos hacía desfallecer, pues sabíamos que al final nos esperaba su calor, su mirada, su amor.

     Ésta noche todo sonará a silencio, ella no saldrá a nuestro paso y no podremos gritarla con un amor heredado, con una mirada que entre lágrimas se abría paso, cuando llegábamos a su manto, a tu manto mi Macarena.

    Nunca fui de creer papá, pero tú me enseñaste a creer en el amor, en la emoción y en el recuerdo imborrable de las personas que guardas en tu alma, me enseñaste a saber que nadie muere mientras vive en tu corazón. Y así es mi Macarena, nunca fui de creer, pero en ti, ¡sí que creo!.

     Hoy papá, ¡no bajes del cielo!, se han cerrado con barrotes las estrellas y hoy, el grito de ¡guapa!, sonará en mi alma con los ojos cerrados y la mirada en el cielo.

     Hoy, mi Macarena, ¡no mires al cielo!.

   Hoy no podremos estar en la fila de los que aguardan, de los que tiemblan esperándote, sentado en su silla con ruedas de nubes y de sueños, agarrado yo a su hombro como el fiel deudor de una enseñanza, como las piernas que no podían caminar pero que tanto me enseñaron.

    ¡No!, hoy no empujaré su silla, hoy no contendré la respiración cortada por el esfuerzo al verte, al mirarme, al sentir que me hablas como le hablabas a él, pues le han puesto puertas al cielo y no se pueden abrir.

     Hoy no existirá un lugar tan solitario como en el que siempre te esperábamos. Aquella esquina donde lágrimas y aplausos se fundían con nuestras almas, aplaudiendo a un Gran Poder que siempre llegaba el primero a la cita y, donde también, viajaban nuestros sueños.

    Debajo del Cristo, acunando sus pasos, el cansancio en forma de amor, viajaba en el fajín de un costalero. David, mi padre, tantos y tantos seres queridos se movían de un lado a otro entre los latidos de mi compañero, mi socio, mi amigo, haciendo que se parase la noche cuando en el encuentro con la Macarena gritaban, ¡al cielo con ella!. No existen mejores citas que las citas con el cielo, momentos en los que mi Angel, mi todo, resoplaba por el esfuerzo de llevarnos en los hombros, mientras el Cristo buscaba a su Macarena.


     Mil veces nos abrazamos, millones de lágrimas hemos lanzado a un asfalto donde retumbaban los pasos de los costaleros, donde su silla de ruedas era un trono bajado del cielo.


    Yo aprendí a quererte por mi padre Macarena, mi querida Macarena, y siempre diré que un día me miraste y me escuchaste, cuando más te necesitaba. Aprendí que los milagros existen y por eso, ahora, te pido mi Macarena, no te sientas triste si no podemos saludarte.

    Cuando llegue el día, cuando después de las nieblas vuelva a salir el sol, allí estaremos. Yo volveré a subir esa calle, con mis viejas zapatillas, empujando su silla hasta aquella esquina donde todo tiene sentido. Allí volveremos a estar los dos, abrazados, llorando de alegría por mirarte, como el que vuelve a ver a una amiga distante que vive en tu corazón a cada instante.

    Hoy, Jueves Santo mi Macarena, yo seré mi padre y mi padre seré yo, pero no podremos abrazarte. Nada impedirá que ésta noche, en ese momento, en el sentimiento más profundo, allá estemos los dos gritándote ¡guapa!.

     Hoy Papá, llegada nuestra hora, brindaré por ti.

jueves, 18 de abril de 2019

¿Existen los milagros?


       Dicen que todos los amaneceres son iguales pero, hoy, nunca podría ser así. Hoy es Jueves Santo y yo no creo, salvo en aquel milagro que marcó mi vida, abriéndome los ojos al mundo donde “posible” e “imposible”, son emociones que guardo en el alma donde nunca se olvidarán.
      No, con todo el respeto del mundo afirmo no creer, pero creo en aquella mujer que siempre me sonríe, aquella que siempre me espera para charlar, aquel rostro que acompaña mis momentos de angustia. Creo en lo que vi, en lo que sentí, en lo que no tiene ninguna explicación, salvo por un detalle, se llama Macarena, Virgen de la Esperanza Macarena, pero hoy te pediré perdón si no estoy a tu lado.


       Permítanme si empiezo todo diciendo “yo soy mi Padre”. Ismael Dorado, aquel ser del que todo lo aprendí y aprendo podría ser definido por muchos por su problema, era minusválido, inválido…¿pero saben qué?, eso eran cosas que veían las personas que nunca fueron capaces de ver más allá de un gran ser humano. Yo no soy más que un agradecido aprendiz, aquel que sonríe orgulloso cuando me dicen que me parezco a mi padre y cuando me convierto en deudor de una emoción, de un recuerdo y por encima de todo, de una ilusión.
       Pero, déjenme que les cuente una corta historia. Desde muy pequeño, mi padre, sufrió con dureza una terrible enfermedad llamada “Polio”. Unas piernas llenas de cicatrices y deformadas que nunca se permitieron dejar de sujetar a una sonrisa permanente, a un corazón inmenso y a un gran padre, a mi padre.
        La vida avanzó y la enfermedad decidió que sería bueno volver a tomar su oscuro protagonismo, llenando nuestras cabezas con otro terrible nombre, “síndrome de la postpolio”. El dolor aumentó en su cuerpo de manera brutal, las fuerzas de sus pobres piernas desaparecía a cada paso y la silla de ruedas se convirtió en su brioso corcel con el que recorrimos tantas y tantas calles.
       Pero todo se complicó, había que operarle pues su columna no resistía tanta deformidad, había perdido ya la sensibilidad de partes de su cuerpo, pero era el dolor, aquella sombra que de vez en cuando era capaz de borrar su sonrisa.
      ¡Paradojas de la vida!, buscábamos un especialista en Polio pero casi no existían por ser una enfermedad desaparecida por la acción de las vacunas, hasta que llegó aquel médico que nos habló absolutamente claro, ¡casi no había posibilidades de mejora con la operación!.
       Y aquí se empezó a fraguar el milagro. En mitad del miedo, de la desolación, mi padre, una persona apartada del “creyente”, me enseñó a “creer”. Él eran sus devociones, su amor sin  límites por su “Macarena” y compartiendo su corazón, su “Cristo de Medinaceli”. Todo empezaba y terminaba en ellos, en su mirada de amor, en su rostro de ilusión y en su forma de hablarles sin rezar, como el que charla con un amigo amado con el que no hacen falta ambages.
       “¡Debemos buscar ayuda!”, me dijo mi padre, “es urgente que vayas por mí a decirle que la necesitamos”. Era el momento de hablar con su “Macarena”, pero me dijo, “necesito que ésta vez vayas a la Central, necesito que hables con ella no en Madrid sino en Sevilla”. Y allí paré mis pasos ante su puerta Sevillana, sentí que mi corazón se arrugaba por la angustia y la responsabilidad, pero allí me senté. Fue la primera vez que la miré a los ojos con la dureza de un hijo que ama a su padre, comprendí que no debía rezarla pues sería engañarla y le conté todo lo que pasaba. “No entiendo cómo puedes dejar sufrir a una persona que tanto te ama”, la dije con rabia, “no es justo”, ella borró su sonrisa y me dejó vaciar el alma. Sé que cuando bajé la cabeza para llorar, ella me acarició con el gesto del que recibe un mensaje y se pone seguidamente a la solución.
          Regresé a Madrid con el alma rota, intentando coser aquellos rotos inmensos que provocan la pena mientras muestras una gran sonrisa para decir “todo marcha bien”.
         Y llegó el día de la operación. Cerré los ojos mientras le besaba sin comprender cómo podía tener mi padre esa sonrisa de confianza y tranquilidad. Aquellas horas se hicieron eternas y por fin, aquel médico salió a darnos noticias…¡no lo comprendo! dijo, “todo era imposible y todo salió bien”, “nada tiene explicación y ahora creo que se recuperará, es un auténtico milagro”. Yo sí lo comprendí, todo tenía explicación, explotó en mi rostro la verdad donde la ciencia dejó lugar al milagro y sólo se me ocurría un pensamiento, ¡Macarena!.
        Cuando pude llegar a su cama de hospital, él sonreía mientras yo no podía contener las lágrimas. “¿Te das cuenta niño (siempre me llamaba así)?, ella nunca nos deja cuando la necesitamos y se lo pedimos de verdad”. Ese día aprendí a creer en ella.
        Pasaron los años y cada Jueves Santo acudíamos a verla, a gritar y jalear a una virgen Sevillana que ahora era Madrileña, a emocionarnos cuando se miraba a los ojos con Jesús del Gran Poder donde mi amigo, mi socio, mi todo, Ángel, le prestaba sus piernas de costalero llevando la salud de todos en su fajín.
        Merecía la pena subir esa empinada calle de Toledo empujando una silla llena de ilusión pues ella nos esperaba para mostrarnos su sonrisa. Pero un día la pedí todo aquello que uno nunca desea, la pedí que se lo llevara con ella. Él ya no era él, sufría en aquel hospital y la vida se escapaba día a día. “Llegó el final”, le dije, “necesito que le vuelvas a ayudar”, “¡llévatelo contigo!”. Y mientras le afeitaba en aquel hospital, dejó de respirar con su rostro en paz.
        Ahora soy yo el que acude cada Jueves Santo a verte, a gritarte, a preguntarte por todos mientras lloramos y nos sonreímos de corazón a corazón. Tú sabes que yo no creo, pero sabes que creo en ti...con toda mi alma.
        Y el otro día fui a verte, a explicarte que el Jueves no podremos estar allí, y me sonreíste. Llegué con la sensación del que faltará a una gran cita y marché con la alegría del que comprende que siempre la llevo en mi pensamiento.
       Hoy como siempre, uniremos nuestros pensamientos, no existirá lluvia ni frío que nos haga dar un paso atrás y afirmar que sin creer, yo en ti sí creo.
      ¿Existen los  milagros?, por supuesto que sí, yo viví uno. Hoy es un día con un amanecer distinto, hoy es Jueves Santo y tengo una cita con el cielo.





sábado, 16 de junio de 2018

¡No importa!

    Dicen que llevamos la vida escrita en las líneas de las manos, cercanas a las caricias, en el terreno de la piel donde se cierran los ojos y se abren los sentidos.
    El mundo gira agarrado a la cintura, del que sabe que el amanecer se pintó en el cielo para dar descanso a la miradas, para rebajar las llamas de la noche mientras guardas en los labios las brasas de los suspiros.
    ¡Quizá no exista un mañana!...¡no importa!...¡quizá las líneas de la mano conducen al abismo y el fuego del cielo nos avisa!...¡no importa!.


¡Nada importa cuando un suspiro recorre tu piel con el estremecimiento de una mirada!
Demasiado tiempo siendo una estatua de sal viendo la mirada de Lot adormecida, convirtiendo la emoción en páramo que se duerme bajo las notas de un violonchelo del destino.
Llegada la hora, ¡enroca tu cuerpo al tablero de la vida!, ¡deja que tus pasos suenen más que tus silencios y llena tu mirada de destinos!.
¡Quizá no exista un mañana!...¡no importa!...¡existe un presente!
Dejó que su espalda se arquease, tensó sus cuerdas esperando que un arco vibrante pusiera sus notas en el pentagrama de unas sábanas revueltas....y esperó....
¡Nada importa cuando un suspiro recorre tu piel con el estremecimiento de una mirada!...…¿o lo importa todo?
                                   
                                                                                                             © Ismael Dorado Psicólogo

sábado, 18 de marzo de 2017

MI HÉROE

      No me resulta nada extraño si un día como el de hoy, día del Padre, no me acordase de mi héroe. 
     Todos los niños suelen ver en su padre a un ser poderoso, fuerte, bello, aquel en que encarnar la sabiduría, ¿pero saben qué?, el mío además de todo eso, viajaba a bordo de una brillante silla de ruedas. 


      Él era mucho más que sus piernas, convertía sus ruedas en brioso corcel que invitaba a recorrer cualquier terreno, cualquier lugar sin importar las distancias pues, mi padre, era un ser único, un auténtico Guerrero de Luz.  
       Me enseñó tantas y tantas cosas que no olvido que, ni con dos vidas, tendría suficiente para traspasar a mis hijas tanta sabiduría. Me enseñó a reirme de las ocurrencias de la vida, a tomarnos a broma nuestros problemas, a convertir los inconvenientes en grandes oportunidades y por encima de todo, me enseñó a ayudar. No crean amigos que todo sale a la primera, en ocasiones todo sale mal, pero me enseñó a no rendirme pues hay ocasiones en que la vida se despista y deja de apretar, mereciendo la pena estar preparado. 
     Un día, mis esposa y yo, decidimos poner tanto cariño en el empeño que amanecimos con dos bebés sonrientes que cambiaron nuestras vidas. En un segundo comprendí que si quería de verdad ser Padre y merecerlo, era necesario entender que debía estar al lado de ellas toda una vida, incluso más allá de ella. Entendí que no había lugar para el cansancio pues mi héroe nunca estaba cansado pese a estar sin dormir, pese a llevar todo el día trabajando, comprendí que si pese a no poder caminar, era siempre el portero en mis lanzamientos con el balón, era por amor y que cuando se tiraba al suelo le costaba todo un mundo volver a levantarse. 
        Estoy totalmente de acuerdo con mi padre que basta que pongamos todo el corazón y el amor en lo que hacemos para que las equivocaciones parezcan más pequeñas. No nacemos con un manual de vida en el bolsillo y nadie está nunca preparado para ser padre, sólo para intentarlo. Soy de los que opina que los que nos llamamos padres somos fundamentales en la vida de nuestros hijos y debemos estar orgullosos de nuestro lugar.  Es una pena que en ocasiones los hijos se conviertar en herramientas en las batallas de los padres.
      Aún cierro los ojos y me veo corriendo por la Latina, bajando la cuesta por la que transitaba aquel bus amarillo de la línea M4 para esperar la llegada del Seat 124 con mi padre a bordo, para acompañarle en los dos últimos minutos rumbo a casa. Ahora amigos, sería capaz de cualquier cosa por volver a vivir uno de esos instantes que guardo en mi alma, por volver a sentir en mi corazón esa sonrisa y por volver a decir "¡hola papá!". 
         ¿Saben qué amigos?, cuando entro en mi casa, roto por la jornada larga y extenuante, lo primero que veo guardado como un tesoro es el viejo bastón de mi padre y la figura de un chino de alabastro regalado por mi Madrina, por mi Tía Carito que compone esa pareja de ases que iluminan mis días. Detrás de todo ello y como un huracán, entran siempre corriendo mis hijas Vera y Gabriela junto con una juguetona perrita llamada Kira para recibirme con una palabra que me emociona "Papi". 
        Cuando no tengo claro qué hacer como padre pienso en mi héroe, recobro pensamientos y palabras y me dejo abrazar por su recuerdo. Pienso en sus caricias, en sus reprimendas, en sus abrazos, en cómo me hacía reir cuando me había herido, en su cara de ilusión cuando la vida me premió con tantas cosas bellas. Creo Papá que voy aprendiendo y a cada instante me esfuerzo. 
         Mi padre ríe, canta, baila y me sigue hablando en un día como el de hoy en el que celebro ser su hijo. Me siento orgulloso de ser quién soy y saber de dónde vengo. No existe el éxito, distinción o premio que me haga olvidar que sigo siendo aquel niño que esperaba a su padre sentado en la acera y que nunca aprendió a patinar. 
         ¡Felicidades mi héroe!, me queda mucho esfuerzo, pero ojalá el día de mañana pueda ver reflejado tanto amor en los ojos de mis hijas como siempre verás en los míos. 
         ¡No puedo evitar pensar en cuánto daría por un sólo instante más!
     
          

viernes, 10 de febrero de 2017

Ahora seremos nosotros

    Y llegó el día mis queridas hijas Vera y Gabriela, el Tío Rafa subió al cielo.
    Con vuestros recién cumplidos 9 años, hemos comprendido una vez más que algunas personas nacen para ser inmortales.
    Se hace difícil para cualquier persona entender la muerte, pero vuestra duda me llenó aún más de emoción por su belleza.
     Permitan unos instantes amigos, si viajo en el recuerdo para contarles algunas cosas.
   
Cada Navidad, cada nochebuena, nuestra familia,  grande, ruidosa y muy numerosa, nos reunimos para sentirnos unidos, para decirnos que nos queremos y entre ellos, el Tío Rafa es una parte fundamental. Cada Navidad reune una amalgama de petardos y cohetes con los que su alma baturra y divertida, hace las delicias de los pequeños de la casa, sirviendo además en mitad del estruendo, para despertar a un Papá Noel que algunas veces se muestra perezoso. Vera y Gabriela descubrieron que quizá debido a sus muchos años, Papá Noel siempre duerme un poquito y el tirar algún petardo y cohete era necesario para despertarlo y hacerle viajar por el cielo.  Mis hijas vivían con emoción el último de los cohetes pues como éste año, vieron ya pasar ese trineo de Papá Noel que nos hizo recordar que la emoción siempre viene de la mano de la ilusión y que madurar nunca está en discusión con soñar.
       El Tío Rafa se marchó de nuestra existencia terrenal pero no de nuestro corazón, de nuestra cabeza ni de nuestra memoria. Él ha sido y es parte de nuestra vida, de toda nuestra existencia, del amor que sentíamos y sentimos por él, de sentirnos orgullosos de cada instante que disfrutamos contigo. Llegó el momento y nos sumamos a ese ¡hasta pronto!.
      El otro día mis queridas Vera y Gabriela cumpliendo el deseo del amor, vuestra madre y yo os llevamos al hospital a despedir al Tío Rafa y, entre lágrimas, os intentábamos consolar y explicar que la muerte nunca es el final de las personas que amamos. Cada vez que cerréis los ojos podréis acariciar, escuchar sus risas, sentir el amor que siempre sintió por vosotras y el sentirnos afortunados del premio que nos otorgó con él la vida. Entiendo ahora vuestra preciosa duda, ¿quién despertará ahora a Papá Noel?. Con el mayor nudo en la garganta os digo que ahora seremos muchos los Rafa a tirar esos petardos que nunca os faltarán. Seguiremos buscando la estrella que más brilla donde viven ahora todos esos seres que tanto amamos. Siento mis amores que vuestra madre y yo lo estamos haciendo bien, sintiéndonos orgullosos de vuestra capacidad de amar y de poner en valor la herencia que nos dejan cada ser amado que pasa por nuestra existencia. Algunos podrían pensar que la cama de una persona que nos está dejando no era lugar para niños, pero sí creo sin duda que es el lugar apropiado para el amor.
       Permite ahora Rafa que te diga que espero no haberme guardado en el corazón ni una sola vez sin decirte "te quiero". Has sido fundamental en todas y cada una de las facetas de mi vida y mi familia se hizo grande el día que llegaste. ¿Que yo te ayudé me decías?, ojalá desde el cielo puedas sentir el agradecimiento que yo siento por cada una de tus palabras, por cada instante, por cada abrazo, por cada vez que me decías las verdades abrazando siempre con tu palabra lo que había que hacer.
       Gracias por siempre confiar en mí, incluso en los últimos instantes, guardando en mi corazón tus últimos deseos. Gracias Rafa por dejarme la más bella de las herencias con mi hermana Manoli y mi sobrina Vanessa. No dudes nunca que no olvidaremos brindar por todos vosotros en vuestra nueva morada del cielo y que ahora nos ocuparemos nosotros de lo que tú, como un gran maestro, nos enseñaste.
        Tengo claro que te echaré de menos, quizá demasiado, pero no dejaremos de seguir sintiendo lo que sentimos por mucho que se vaya llenando el cielo.
         Disculpen hoy mis amigos si no puedo escribir más. Algunas veces unos dedos que tantas veces cosen corazones rotos se hacen líos con el hilo.  Si hoy queremos rendir un bello homenaje a las personas que queremos, ¡sigamos viviendo!. Hoy no podremos dejar de llorar, pero mañana será un gran día para luchar por nuestros sueños

jueves, 22 de diciembre de 2016

El mejor regalo; el que nunca recibí

      ¿No crees en la magia?, yo sin duda alguna sí, ¡con todo mi corazón!.
      Si cierro los ojos aún soy capaz de sentir los nervios de una noche lenta. Unos minutos que parecían ser horas y en los que bajo ningún motivo posible abrías los ojos para no cruzar la mirada con la de los Reyes Magos.
      El corazón te latía tan deprisa que pensaba que no sería capaz de poderme dormir, pero ellos tenían soluciones para todo. Recientemente mis hijas, me explicaron que los Reyes Magos lanzan unos polvos mágicos que hacen que los niños duerman, mientras ellos, entran con sus camellos a dejarte los regalos. ¡Ahora gracias a ellas entiendo tantas y tantas cosas!.


        Nadie nunca me podrá dar una explicación que concuerde con aquel grado de ilusión. ¡Dejen la ciencia y la lógica a un lado para no hacerse muchos líos!, pero yo fuí capaz de ver a un Rey Mago antes de quedar dormido arropado por las mantas. Al día siguiente se lo comenté a mis padres y entendí que podía haber sido del todo posible, pues ellos están siempre a tu lado, velando tus sueños o viajando entre las estrellas. 
       Me siento tan feliz ahora, cuando ayudo a mis hijas Vera y Gabriela a elegir un pequeño almuerzo para esos magos de gran corazón, sin olvidar nunca el cubo de agua fresca para unos sedientos camellos que caminan cargados y felices entrando por las ventanas de los niños sin hacer ruido con sus cascos. ¡Nada se deja al azar pues ellos se lo merecen!.
       Nervios e ilusión que se mezclaban en un mundo sorprendente en el que unos ancianos Reyes, cruzaban el mundo montados en sus camellos para dejarnos esos regalos soñados. ¡Nunca pude llegar a saber cómo eran capaces de acertar siempre!, ¡cómo era capaces de conocer mis notas, saber cómo me había portado y por encima de todo, subsanar esos pequeños errores que siempre se comenten al redactar la carta y olvidar algún regalo!. ¡S.S.MM. los Reyes de Oriente eran sin duda alguna unos sabios!.  
        Es curioso, pero ahora que soy padre, que es ahora cuando mis hijas piden mi regalo en sus cartas elaboradas con tanta ilusión y amor, cuando más creo en los Reyes Magos. No puedo evitar mirar al cielo agradeciendo la ilusión que me transmitieron, sentir que ahora soy deudor de algo más que una tradición, vivir cada segundo como algo en lo que ponemos tanto amor para lograr llenar sus rostros de sonrisas mientras sus manitas tiemblan de impaciencia. Me cuesta trabajo reprimir las lágrimas y raramente lo consigo. 
          Ahora veo cada paquete, cada regalo y no puedo evitar lanzar mi recuerdo a otros tiempos, no puedo evitar recordar cómo el mejor regalo que me trajeron los Reyes Magos fue aquel que nunca recibí.  
         Hace ya tantos y tantos años pero tan vivo en mi mente como si hubiera pasado ayer. Lo estábamos pasando francamente mal y, fueron unos años muy difíciles en los que mi padre, por un negocio complicado buscando siempre lo mejor para su familia, casi se arruinó.
        ¡Teníamos todo el cariño del mundo, todo el amor necesario,  pero bastante poco de todo lo demás!. Tiempos de remiendos en las ropas sobre otros remiendos, ropas prestadas por tus primos y siempre buscar las ofertas del 3x2, donde vestir de la forma más económica posible a una familia de cinco hermanos que comían cada día más y crecían sin parar. 
             Esas navidades fueron muy distintas, al parecer mis padres habían recibido un aviso de los Reyes Magos pidiéndonos reducir los regalos a la mínima expresión. Les puedo asegurar amigos que como orgullosos hijos lo comprendimos pues nuestra creencia se basaba en que hay muchos niños en el mundo necesitados y ellos solicitaban ahora nuestra ayuda. Lo mismo, pensé, los Reyes pueden estar como mis padres y andan mal de dinero. Por si acaso, ese año la carta se resumió en una escasa línea llena de esperanza basada en la capacidad sin límites de SSMM de acertar.
            Al levantarnos la alegría desbordaba toda la casa pese a que aquel cálido salón se encontraba bastante más vacío de paquetes que otras veces. Encima de una silla, una camisa y un sobre componían la transformación de una carta enviada a Oriente.
        La verdad es que no comprendí muy bien el significado pero estaba seguro que los Reyes me estaban queriendo decir algo.
               Abrí el sobre con cuidado y saqué una tarjeta blanca con algo manuscrito:  "Vale por 500 pesetas para Ismaelito de parte del Rey Padre. Ismael".
             ¿Saben qué amigos?, aún hoy, pasados los muchos años que han pasado, cierro los ojos y me pongo a llorar. Esa tarjeta encierra todo el amor, el cariño, la ternura, la magia, el misterio y sin duda, el sentimiento de tener el mejor regalo. No se trataba de un Scalextric, no era un gran juego o una bonita bicicleta, era mucho más, era algo que siempre guardo en mi alma y me acompañará hasta el último de mis días. Un regalo que con el tiempo cambia su color a sepia pero sigue brillando como las luces de una navidad tan viva como el primer día.
               Posiblemente nunca recibí ese "vale" o quizá lo recibí muchas veces, pero lo importante es que siempre recibí el amor hasta el último suspiro.
                 Éstos días estaré rodeado de personas, amigos, familia, de seres queridos donde no soy más que "Ismaelito" y, ¿saben qué?, para mí es un honor.
                Gracias Reyes Magos por el regalo que me dísteis y que me durará toda una vida. No dudéis mis adorados Magos que llegado el día. se lo entregaré a mis hijas como un tesoro.
                    A veces amigos lo mejor, lo más preciado de tu vida, cabe en el tamaño de una tarjeta de visita.
                   No tengan prisa amigos y nunca dejen de creer en los Reyes Magos.
                Felices fiestas y mis mejores deseos para aquel que se siente honrado a cada instante con su amistad. Y por favor, no olviden brindar y sonreír mirando al cielo por sus seres queridos antes de irse a dormir.
                     Ojalá el mundo entero sienta la ilusión de la magia de una navidad que sin duda a muchos nos hace añorar caricias, mientras otros seres pequeñitos cargados de ilusión,  llenan sus cabecitas de magia y de fantasía bella.
                     No olviden cerrar los ojos amigos, quizá éste año los Reyes Magos pasen a darle un beso de buenas noches mientras duermen.
                        ¡Gracias Reyes Magos por existir!.  Siempre os quiere. Ismaelito.
        
      
       
      

domingo, 27 de noviembre de 2016

Olor a Lavanda en Santa Catarina



   Ajustó su corbata con la sonrisa del que se sabe acariciado por la vida, miró el espejo que levantaba su dedo en forma de aprobación y se sintió pleno de vitalidad.
    Es curioso que el mundo se empeñe en quitar valor a la alegría, a la complicidad, al amor y a la pasión cuando las velas de nuestra tarta ya iluminan demasiado.     
   Parece como si el mundo entendiera que las caricias o que las sonrisas, están destinadas para desaparecer cuando las canas se adueñan de tu pelo o, la tersura de tu piel, se pliega bajo la experiencia de una vida que avanza a toda máquina.
    Anudó sus zapatos y se lanzó a una calle que sonaba a fado, resonando en sus suelas la ilusión del que encara una gran subida como si fuera una bajada. Un Barrio Alto que traía a los mismos pies de un Pessoa expectante, el aroma de una mar calmada pero ilusionado a cada inspiración sin poder retener la emoción.
    ¡No merece la pena intentar ir por la vida conteniendo la respiración cuando el destino te ofrece la oportunidad de ser viento!.
   Giró la Rua da Boavista siendo capaz, como un lobo que aúlla a la luna, de detectar el olor a buganvillas del Jardim Dom Luis, atrapando cada matiz como el que encuentra una caricia en mitad de la noche. Llenó sus pulmones de rayos de sol con esa luz que sólo tiene una ciudad que se mece entre colinas, clavando sus raíces en ultramar.
   Caminaba entre pequeños comercios, gestos huidizos que con una mirada cómplice apartan las sedosas cortinillas de damasco, mientras al fondo apilan historias entre colores Burdeos, morados, amarillo limón y azules marinos, revistiendo unas paredes que, en muchas ocasiones, sujetaron la espalda de un amante cuando su pelo se enredó entre unos dedos entrelazados como la propia Alfama.
   Un tictac que avanzaba con la latencia de un corazón en reposo y que me hacía preguntar ¿cuántas horas de mi vida había pasado en casas ajenas esperando y escuchando el tictac de un reloj?.
   Mujeres de delantales cansados, apoyados con los brazos y la mirada fija en su interior, para no delatar sus palabras. Ojos con color a melaza fijos en el polvo de una ciudad dormida en el tiempo pero emocionada por su futuro.
   Un perro negro ladraba a las nubes mientras husmeaba las aceras en busca de una caricia que se resistía a aparecer.
   Aromas de un té intenso que bullía entre el agua caliente vertida, en un ritual enlentecido con delicadas tazas de porcelana que, giraban para dar forma a aquella tarta de jengibre que tantas y tantas veces acompañó mis pensamientos furtivos.
   Aquella persona que me sonrió al llegar a la Rua Sao Paulo apartó su espeso cabello níveo con los dedos, un poco temblorosos, manteniendo su expresión impasible. Me invitó a pasar para elegir entre un mundo de colores una fragancia especial. 



   -Deseo una flor especial, un aroma que se deba sentir con los ojos cerrados- dije con una amplia sonrisa del que apenas puede contener una emoción de ilusión que ilumina tu rostro.

    Esa mujer me invitó a pasar a aquella tienda tan especial. Un piano ajado presidía un complejo laberinto de luces tenues y fragantes olores que se convertían en volutas como las curvas de un sombrero de ala ancha que descansa en un perchero olvidado.
   Un olor denso, dulce, evocador con matices de violetas empapadas por la lluvia en la orilla musgosa de un río con espíritu de mar.
    Busqué de dónde procedía aquel aroma y sólo topé una y otra vez con unos ojos de un color verde claro poco común y esquivos como el beso primero. Parecía invitarme a encontrar, a buscar con los ojos cerrados y los sentidos abiertos a las sensaciones, a dejarme llevar por la brisa antes de ser viento y ser capaz de caminar tan lejos como me permitiera un abrazo.
    Debió oírme tomar aire profundamente llenando todo mi ser, porque esbozó una media sonrisa.

-         ¿Amor o pasión, caballero?- preguntó mirando a mis ojos con cariño.
-         Curiosa pregunta- le dije. ¿Existe alguna diferencia?.

    Aquella mujer bajó un segundo la mirada y se giró hacia unas pequeñas cajas que se encontraban encima de un cansado banco.

-         Ésta caja señor –dijo la mujer- lleva dentro unos tréboles rojos de la Sierra de São Mamede que contienen la fragancia de la pasión que es capaz de hacer arder las miradas y los labios. Las pasiones mí querido caballero son como el fuego que arde consumiendo todo a su paso sin pararse a preguntar nada salvo su propia existencia. Ésta otra caja que aquí tengo, representa el amor.

    Con sumo cuidado la mujer de la tienda de flores comenzó a soltar una vieja cuerda de cáñamo anudada con esmero hasta dejar al descubierto unas secas ramas.

-         ¿Puede ver usted éstas ramas? – preguntó de forma directa aquella mujer-, éstas ramas son flores de Lavanda que hace ya muchos años un amor, un hombre que partió en su barco para nunca volver, me dejó encima de aquel piano. ¿Sabe qué?, las otras flores tienen un efecto magnético, son bellas y nadie podría resistirse a ellas, son pasiones desatadas pero a los pocos días mueren pues para captar su esencia deben ser cortadas. Las flores de Lavanda son el amor, son plantas cortadas pero cuando se secan siguen proporcionando un aroma que nos hace recordar por qué amamos, lo que sentimos el primer día que cruzamos las miradas y llenan nuestro corazón con su sola fragancia.
-         Preciosas flores –musité- sin duda me parece muy acertada su sugerencia.

    Aquella mujer montó con delicadeza una caja doblando cada parte dotándola de resistencia. Sacó de un cajón una desdoblada pieza de seda reluciente con un ribete de diminutas formas bordadas en hilo de oro que por el efecto del tornasol de Lisboa, se veía de color topacio cuando se doblaba en el interior en una posición determinada y, verde musgo, cuando se ladeaba.
    Una a una fue colocando las ramas de Lavanda junto con otras hojas cortadas con mimo entre las luces lánguidas de la trastienda, pero me abrumó un aroma dulce y acre de nuez moscada. Extendió sobre las flores pequeñas clavo machacado que me hizo sentir un leve cosquilleo en la nariz mientras cortaba una tira de color nácar para cerrar la caja.
    Hice ademán de pagar aquellas flores pero un gesto suave y tierno me lo impidió.

-         No, no lo haga –dijo en voz baja aquella mujer- deje que sea el destino el que lo haga y si tuve razón, guarde esas flores de Lavanda para no olvidar su aroma.
-         Gracias por todo –dije mirando hacia el suelo-, no lo olvidaré.

    Salí de aquella tienda pequeña en dirección al Mirador de Santa Catarina. Avanzaba lento, casi saboreando cada paso mientras llevaba debajo del brazo aquella caja. La cabeza aturdida ahora captaba cada olor, cada aroma, cada brizna de aire y sabía donde me encontraba. El Jardín do Alto de Santa Catarina provocó que tuviera que soltarme el cuello de la camisa, incluso, el primer botón de esa americana beige claro de atrevido forro que tanto me gustaba. Inspiré fuerte, sin prisa, dejando que entrase el aire en mis pulmones….. olores a rosas rojas, tan cargadas de color que parecían casi negras. ¡Lavanda! y sin duda madreselva.
    Giré la calle entrando en la zona más soleada sintiendo como el que abre una puerta dejando entrar el calor. Como el que irrumpe en pensamientos en un umbrío vestíbulo agitado y con la misma sutileza que la bocanada de calor del horno de una forja. 
    ¡Allí estaba ella!. Su cabello contra el sol de Lisboa tamizado por un tul de ultramar, espeso y dorado como un campo de trigo maduro al amanecer.
    Me abrazó como si fuera a besarme, pero de pronto miró a la caja y sonrió.

-         ¡Huele a Lavanda!- dijo mientras sonreía.

    Sentí ascender por mi espalda el estremecimiento del que comprende en un suspiro que aquella mujer del piano ajado, puso entre sus flores mucho  más que unas pequeñas flores. Aquella mujer que sonreía veladamente entre las luces de una tímida lámpara marcó el ritmo de un sueño cuando más lo sentía perdido.

¡A veces los sueños, se vuelven realidad!. 


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martes, 11 de octubre de 2016

El cielo tiene aroma a café




     Pasaba las horas sentada en su viejo sillón, apoyados los brazos en aquellos trapos níveos que con tanto esmero tejió, con la cabeza recostada en un duerme vela continuo que se sobresaltaba con los martilleos de un cansado reloj, empeñado en recordar que el tiempo pasa despacio cuando la sombra de la soledad es alargada. 
     Su andar fatigado recorría la casa como el que espera una visita, estirando las colchas de unas camas que sobraban y unos cajones llenos de ropa que doblaba una y otra  vez. No lo podía evitar, ¡ni lo deseaba!, pasar por el salón cerca de una mesa reluciente, donde la foto de su amor lucía eternamente joven, con un rostro burlón ante una vida inmensa en un instante de pasión fulgurante y grandes sueños. Lo miraba una y



otra vez y suspiraba, contenía el aliento y sentía cómo su corazón se arrugaba como el que espera una caricia que nunca llegará. 
      - ¿Sabes qué mi amor?, te siento en cada esquina, en cada lugar de mi vida y aunque no te veo tengo claro que estás a mi lado.
      ¡Un tierno beso con los ojos cerrados, llenó de calor una fotografía del que recorrió su piel en cada sueño y en cada suspiro!.
       Estaba sentada en un rincón de una casa vacía donde ya no había bromas, donde ningún niño corría y donde la cama resultaba absolutamente inmensa sin nadie a su lado para mesarla el cabello en mitad de la noche.
        Se hacía de día y, sus ojos, se abrían de forma automática intentando recordar las cosas que debía hacer, hasta caer en la cuenta nuevamente que lo que haría era limpiar sobre limpio y esperar una llamada que posiblemente nunca llegaría.
      Aquel día de abril amaneció con un sol espléndido y al abrir las ventanas de su casa como cada día, sintió también el calor de una mañana que la invitaba a vivir.
     Hacía mucho tiempo que no se animaba a hacer nada, ¡se encontraba tan a gusto en casa! que posiblemente no entendió que cada pared de su hogar se estaba convirtiendo en barrotes de una cárcel donde quedaba atrapada.
       Se vistió con la sorpresa que toda la ropa le quedaba grande, incluso su pelo se mostraba ajado y sin brillo, reflejándose en el espejo una mujer triste, agarrada a un pasado y con temor atroz por el futuro.
        Peinó con delicadeza su cabello y extendió por su rostro un toque de color que, consiguió arrebatar una media sonrisa a unos labios con sabor a lágrimas.
       Agarró su libro, aquel que rodó muchas noches de sus manos cuando el sueño se apoderaba de su ser, estiró su abrigo, lanzó su paso fuera de puerta y al cerrarse tras de sí, respiró.
       Se sorprendió con una ciudad que parecía darla la bienvenida, sonrisas de vecinos que al verla le decían ¡buenos días!, como queriendo decir ¡te necesitábamos!.  Estiró la espalda, levantó el mentón y avanzó con el sol en el rostro.
      Cerca del río, en un lugar donde los patos nadan sin destino y donde los niños aún juegan, buscó una mesa en aquella terraza a la que solía acudir cuando se sentía perdida.
      Pidió un café largo, con la leche bien caliente, como a ella le gustaba, apoyando bien su espalda en un cómodo respaldo,  mientras colocaba su libro sobre la mesa, con el mimo del que deja el mejor sitio a alguien querido. Acarició sus hojas con los ojos cerrados, capturando los matices del olor en la taza y el aroma de un viejo amigo con las tapas gastadas de tantas y tantas noches interminables de insomnio.
       Pasó un gran rato sumergida entre sus líneas, entre sus párrafos, acariciando cada palabra con los dedos para no perderse ni el más mínimo estremecimiento.
       Pidió otro café y al cambiar su mirada no pudo dejar de observar a un hombre que tomaba también café en otra mesa. Miraba fijo a ningún lado, al horizonte, quizá al cielo o quizá a una nube.  Parecía incluso en ocasiones sonreír levemente absorto a todo y a todos en un gesto casi misterioso.
        Aquel segundo día el espejo le devolvió un gesto de aprobación, el sol había llenado de color y de vida su rostro no dejando de pensar en el café.
       Buscó su mesa,  acomodó su falda sobre sus piernas y antes de empezar a leer, observó de nuevo a aquel hombre del otro día. Hoy sonreía abiertamente con el sol de la mañana en su rostro. No pudo dejar de observar su atuendo impecable, sus lustrosos zapatos, su camisa perfectamente planchada. Su rostro parecía encontrar la paz en cada inspiración y a cada sorbo de café su cuerpo parecía llenarse una magia reservada a los que están en paz consigo mismo.
      Cada día aumentaban sus prisas por llegar a aquel café. Dejaba volar su imaginación sobre aquel hombre misterioso, ¿quién sería? ¿a qué se dedicaba?,  pero por encima de todo, ¿por qué sonreía y a quién?....
        Era Jueves, aquel día su corazón estaba latiendo con más fuerza de lo habitual, incluso hasta no la dolía la espalda al levantarse. Miró por la ventana y el sol acudía puntual a su cita. Salió apresuradamente de su casa con aquel viejo libro tras el brazo. Se sentó en su mesa y mientras pedía el café comprobó que la mesa de aquel hombre estaba vacía.  Pasó un instante hasta que logró centrarse dejándose invadir por aquel olor inconfundible de buen café caliente.
       Volteó suavemente el sobre de azúcar y, apareciendo casi de la nada, llegó aquel hombre que al pasar por su lado dijo con voz grave pero agradable ¡buenos días!, envuelto en la sonrisa del que encuentra a alguien querido tras mucho tiempo sin verle.
        Aquel día no pudo leer, miraba su rostro imperturbable y las preguntas se agolpaban en su mente.
        Una nube pasó ante ellos ocultando el sol y, ¡por fin todo ocurrió!.  Aquel hombre giró la cabeza, bajó la mirada entrecruzándola con la suya y sonrió.
       A veces una luz entra iluminando una habitación solitaria y no busca más que apartar la oscuridad de la noche fría.
      Al día siguiente aquel hombre se acercó a su mesa, parecía más alto y bronceado por el sol.
     -Mil disculpas por mi atrevimiento -dijo aquel hombre- cada día ocupamos las mismas mesas y sillas, tomamos un café y pese a estar a un par de metros, estamos en dos mundos distintos. Me llamo Raúl y si me lo permite, me gustaría invitarla a un café.
      Ella hizo un gesto asintiendo e invitándole a sentarse.
     -Mi nombre es Ana y está en lo cierto, a veces las personas aún cercanas, estamos apartados por todo un universo.
      Raúl sonrió con gusto y llamó al camarero con un gesto indicándole traer otros dos cafés.
     La mañana pasaba con un ritmo lento. Las palabras resonaban con fuerza en la cabeza de Ana tras tantos y tantos días de silencio, tras tantos y tantos amaneceres en soledad.
       - ¡Raúl, discúlpame!, ¿puedo hacerte una pregunta? dijo Ana un tanto temblorosa.
       - Él sonrió y en tono bajo pero seguro la dijo - por supuesto que sí- .
      Ana tomó aire, dejó que sus dedos agarraran con fuerza el libro, miró a los ojos de Raúl y le dijo: - hace algún tiempo que te observo, no puedo dejar de hacerlo, miras siempre al horizonte, a algún punto que te mantiene con la vista fija horas y horas sonriendo....¿a qué o a dónde miras?.
      Raúl miró con ternura a Ana, pareció colocarse bien en su asiento dando la sensación de ir a contar algo doloroso, algo que se guarda en el corazón para que no siga dañando al alma, algo imborrable...
      -Creo Ana que conocerás bien el sentimiento de lo que hablaré, la sensación de pérdida y de soledad cuando deja de estar a tu lado el ser que más quieres, aquel que toca tu piel con su sonrisa. Yo era un hombre que tenía todo, el mundo danzaba entre mis manos y con un chasquido las personas obedecían mis deseos sin preguntar. Pensaba que todo era perfecto y que no podía aspirar a más, a nada hasta que la conocí. Ella era la verdad, la ternura, aquel amor que me hizo darme cuenta que nunca había tenido nada, que todo era mentira salvo sus abrazos, una mujer que me hizo comprender el calor de un beso y a aprender a verla incluso con los ojos cerrados.
      Raúl parpadeaba intentando contener unos ojos que luchaban contra las lágrimas sin apenas conseguirlo.
      -Un día ella enfermó y mi mundo se desplomó. Comprendí que ella era mi vida y que no merecía seguir en un mundo donde el amor se esfumaba entre mis dedos. Pero ella era un ser especial, me abrazó con sus última fuerzas y me dijo que cada día, cuando me sintiera solo, mirase al cielo con una sonrisa y la esperase. Me dijo que siempre acudiría a la cita para decirme que el amor nunca desaparece si aunque sea por un instante, lo has sentido. ¡Y aquí estoy cada día!. Espero a que pasen las nubes, miro al cielo y siempre aparece ella con su mejor sonrisa, no permitiendo que nunca me rinda o que abandone. Ella me enseña cada día que nadie muere nunca mientras está en tu corazón.
       Ana bajó la mirada, quizá no esperaba una respuesta así, algo directo al alma y sin atrezzo, algo limpio y sincero.
       -Yo no soy capaz de hacer lo que tú haces. Siento la presencia de mi marido -dijo Ana-, el ser que más he querido en el mundo, pero no soy capaz de verlo. Casi algunas veces lloro de rabia pues siento que puedo llegar a olvidarme de su cara, de su olor, de su calor, de sus caricias.
       -Ana -dijo Raúl-, resulta difícil entender lo que te voy a decir pero aquellas personas que amamos, aquellas que fueron todo en nuestra vida, siguen en cada uno de nuestros suspiros. La soledad no es algo que deseemos pero está a nuestro lado. Debemos aprender a encontrar a otras personas, a ser amigos de ellos, a quitarnos las barreras de hombre y mujer, comprendiendo que somos seres humanos que nos sentimos solos....tan sencillo como cuando éramos niños y decíamos ¿quieres ser mi amigo?. ¡Ana! dijo mirándola a los ojos, ¿te apetece ser mi amiga?. 
        Ana sonrió ante la pregunta, puso una mano sobre su corazón y sin dudarlo, asintió con la cabeza.
        Al día siguiente los dos se sentaron juntos en una mesa, pidieron aquel café humeante, respiraron profundo y miraron al cielo....en unos instantes ambos sonreían agarrados de la mano....como dos amigos que comparten algo bello....




martes, 20 de septiembre de 2016

¡Tu día de suerte!



            ¿A quién se le ocurre?, ¡Omran la que has liado!

            No te hagas el tonto no, no mires para otro lado o mantengas la mirada perdida y desolada,
la culpa de caer la bomba sobre tu casa, sobre tu familia, sobre tus amigos o sobre todo lo que conocías, es del todo tuya.
            Serás un niño, seguro que empezabas a jugar al fútbol con tus amigos y, aún llorabas cuando te hacías daño corriendo en busca de tus padres, pero deberías pensar en la suerte que tienes. De forma estruendosa, entre una nube de polvo, con escombros que aprisionaban tu cuerpo y sangrando cada poro de tu cuerpecito, algunos te enviaron una lluvia de bombas que te hicieron comprender de golpe términos como geopolítica, grandes potencias, rebeldes, Daesh, tropas presidencialistas, estrategia  y por encima de todo, daños colaterales.
            Piensa mi niño que no es importante perder todos tus juguetes, que exploten por los aires tus sueños, perder a toda tu familia, pues hay veces que tras la nube de polvo que queda tras una explosión las cosas se ven de otra manera y, el día de mañana, seguro que serás feliz creciendo en un paisaje de ruinas, abriéndote paso entre escombros, saltando cadáveres y estudiando en una escuela sin libros donde los alumnos son huérfanos como tú.
            El día de mañana seguro que tienes un gran futuro escapando de las bombas que te lanzan unos y otros, decidiendo en un gesto enorme de generosidad, morir tras la bombas del Daesh, Rusia, EEUU, Rebeldes o Bashar al Asad. ¡No llores no!, esa bomba que te lanza vale más dinero que la vida de las personas de todo tu país, ¡menudo regalo caído del cielo!.
            ¡Cuando ya no puedas más no sientas nunca miedo pues no tienes derecho!. Seguro que puedes agarrar un barco de mala muerte o una barca de juguete y cruzar un mar convertido en camposanto y lanzarte a una vida mejor. Al otro lado, en la otra orilla, un montón de gente te recibirá con los brazos abiertos para ayudarte pero no podrán hacer más. Otro montón de gente que nunca estarán para ayudarte cuando llegues exhausto, llenarán tu camino de alambradas, muros, gases y deportaciones intentando que regreses al país de donde procedes aunque allí te espere la muerte. ¡Es que lo queréis todo!, ¡queréis vivir, una vida mejor, un futuro, no morir de hambre, que no os violen, que no roben a vuestros hijos, que no caigan bombas, vivir en paz, tener una casa, agua, comida, medicinas!, ¡coño es que lo queréis todo y todo no se puede tener!, ¡no seáis egoístas!.
            Llegáis a una Europa perdida y sin corazón que no tiene ni idea qué hacer con los refugiados que escapan del terror. Personas que no vienen a buscar trabajo sino a sobrevivir. Es una pena que no seamos capaces de recordar cuando a un vecino se le caía el techo de su casa y siempre alguien le invitaba a vivir temporalmente en su casa.
            Ojalá algún día nuestros políticos comprendan que con el miedo y la necesidad no se debería hacer política ni querer ganar votos, intentando dar el mejor refugio posible a personas que sufren hasta que puedan volver a su tierra. Dejémonos de sonrisas, de abrazos, de muros, de alambres, de Welcome o de otras chorradas que ellos no comprenden cuando lo que desean es una manta, un techo, un plato de comida y un abrazo de sus seres queridos.
            ¡Qué pena Omran que sigas con esa mirada sin comprender la suerte que tienes!

viernes, 2 de septiembre de 2016

La vida es un Cabaret



      Siempre que vemos las lágrimas rodar por otras mejillas, respiramos profundo por no ser las nuestras pero no podemos evitar recordar. Las lágrimas y las risas son absolutamente contagiosas, pero la vida se esfuerza en hacer las primeras eternas y las segundas efímeras. 

     Hay que amarrar muy bien las sogas del optimismo para no decirle a la vida a veces que no la aguantamos más, o que no entendemos su obstinación en complicarse cuando todo marcha bien o cuando existían más razones para reír que sufrir.
      ¿Qué podemos hacer cuándo todo se desmorona entre tus dedos como un castillo de arena?, ¿cuánto podemos aguantar sin explotar en llanto para mostrarnos fuertes?, ¿dónde está el final del sufrimiento?.
     Quizá la vida debería ser el “Cabaret” de Liza Minelli en donde todos deberíamos atrevernos a decidirnos, buscando un sentido a lo que nos rodea y que se antoja un enorme galimatías mientras la orquesta marca el ritmo de un movimiento sensual entre el humo de las mesas. 
       Perseguir un instante de sonrisas se convierte en poca cosa cuando el corazón vive en la duda o en la angustia. Si el telón se levanta, pisa fuerte y avanza con la mejor sonrisa demostrándole al mundo que no te vendrás atrás. La vida es un Cabaret y desde luego merece la pena vivirla deleitándonos en cada uno de sus instantes.
Podremos estar rotos por dentro, sentir que el amanecer nunca llega y que perdimos por el camino aquel abrazo que durante tantos suspiros nos mantuvo en pie, pero ¡nunca dejemos de avanzar!.
Una canción, golpea siempre mi mente cuando tengo delante a personas que sufren y no saben qué hacer o ya no tienen más lágrimas que derramar. “Maybe this time”en una garganta que estremece cada poro de mi piel y que me hace grabar la idea de “quizás esta vez voy a tener suerte”.
¡Si puedes hazme un favor, sube la música de la canción y sueña!. Cuando todo parece perdido el soñar nos hace gritar a la suerte todo un sentimiento de rebeldía y de resistencia para decirla que no deje nunca de pensar en que no vamos a rendirnos. 
¡Ojalá mi amiga, ojalá esta vez tengas suerte!. 

sábado, 23 de julio de 2016

Decisiones y corazones rotos



                ¡Nadie me hace sentir la vida como lo haces tú!, ¡mi cuerpo vibra, me cuesta respirar y cuento los amaneceres para estar contigo!...... Esas fueron sus palabras antes de no saber nada más de él.
                No es duro sentirse herido, perdido, traicionado, lo duro es sentir la garra de la incertidumbre entrar por tu corazón agarrando tu garganta para no dejarte respirar. Falta el aire y al hinchar tu pecho entra dolor haciéndote mirar las estrellas que flotan expectantes en un cielo umbrío. La tristeza de un ábaco de suspiros que siempre se quedó a cero.
                -  ¿Hice algo mal?
                No existe un eco más profundo que el de una pregunta sin respuesta resonando en el fondo de tu alma. Es cierto, si te ama o no lo hace sería mejor decirlo claramente, pero, es humano…… y quizás cobarde….. o quizás teme que le rompan el corazón pero no duda en rompérselo a otra persona. 


                Intentas apartar tu pensamiento, desconectar tu cabeza, tu imaginación, la vista de un teléfono mudo, pero nada funciona. El silencio grita sin parar haciendo que la paz se muestre esquiva y que todo aquello por lo que siempre habías luchado, todos aquellos propósitos de felicidad se quiebren como un espejo que atrae cien años de mala suerte.
                -  ¡Me hace sufrir, juega conmigo, no se lo merece, pero no puedo evitar amarlo!.....
                A veces no existe peor cárcel o mejor paraíso que una caricia. A menudo hemos contenido huracanes con una mirada sin darnos cuenta de la responsabilidad que encierra en sí misma un beso. Una tela de araña tejida con abrazos que envuelve tu pensamiento haciéndolo girar como en una noria que busca su mirada en todos los rincones sin encontrarlo.
                Cada noche, como un lobo hambriento, buscas en cada rincón, en cada brizna de viento su aroma y su calor para caer rendida  al alba en una cama enemiga del pensamiento.
                A veces los juegos no son de estrategia sino de desgaste. Cuando se apuesta el corazón se puede ganar o perder pero con la regla de la mirada como estandarte. No hay nada más triste que apostar con alguien que esconde el As del abandono en la manga demostrándote que quién juega de farol con las emociones rompe algo más que un corazón bajando la mirada para no sentirse mezquino.
                Como espectador del destino, mi trabajo y mi pensamiento, me hacen decirte que no merece la pena vagar perdida entre unas sábanas que abrigan una pasión y mil sufrimientos. Como arquitecto en prácticas eternas de emociones te digo que amar es siempre arriesgar contra el anochecer y el amanecer, contra lo que debes hacer y lo que debes sentir, por seguir sonriendo cuando se te corta la respiración, por mantener el equilibrio cuando unos labios recorren tu alma o cuando la brisa del hielo se vuelve fuego. Si hoy me preguntas qué hacer mi amiga te diría una sola cosa…. ¡arriesga!.....
                Allí estaré yo, alegre o triste, contento o preocupado, pero siempre atento…. Recuerda siempre que antes de ser nada de lo que hoy soy, aprendí a dar puntadas en los corazones rotos.