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miércoles, 17 de junio de 2026

LA DERROTA NUNCA BORRA LA GRANDEZA




                                                                      https://mmajunkie-eu.usatoday.com/


Hay algo que debería hacernos reflexionar: lo rápido que olvidamos el esfuerzo ajeno cuando aparece una derrota. Hace apenas unos días, muchos consideraban a Ilia Topuria un ejemplo de disciplina, perseverancia y excelencia deportiva. Hoy, tras perder un combate, algunos cuestionan todo aquello que antes admiraban. Es una reacción frecuente en una sociedad que suele valorar más el resultado inmediato que el camino recorrido para alcanzarlo, y, sin embargo, una derrota nunca debería tener el poder de borrar años de sacrificio, constancia y trabajo silencioso.

Detrás de cada campeón hay miles de horas de entrenamiento, renuncias personales y familiares, momentos de duda y una capacidad extraordinaria para seguir adelante cuando las cosas no salen como se esperaba. Lo que vemos durante unos minutos en una competición es únicamente la parte visible de una historia mucho más larga. Por eso resulta injusto reducir la trayectoria de una persona a un único resultado, pues un combate puede ganarse o perderse, pero el esfuerzo invertido para llegar hasta allí permanece intacto.

La derrota de Ilia Topuria no cambia quién es ni lo que ha conseguido, no elimina las victorias anteriores, ni el ejemplo de superación que ha representado para miles de personas. Al contrario, este momento abre una nueva etapa en su carrera, una etapa que también forma parte del camino de cualquier deportista de élite, porque si ganar exige talento, trabajo y preparación, perder exige algo todavía más difícil: humildad, autocrítica y fortaleza emocional.

Los grandes campeones no se distinguen únicamente por los títulos que consiguen, sino por la manera en que responden cuando las circunstancias les son adversas. Después de una derrota llega el momento de analizar lo ocurrido, identificar errores, corregir aspectos mejorables y recuperar la confianza. Es un proceso incómodo, pero también necesario, pues la mejora personal rara vez nace de la comodidad, y suele surgir precisamente en aquellos momentos en los que la realidad nos obliga a detenernos, reflexionar y replantearnos el siguiente paso.

Vivimos en una cultura que busca héroes invencibles, pero la realidad siempre ha sido otra, ya que ninguna trayectoria brillante está libre de tropiezos, ningún deportista ha llegado a la cima sin conocer antes el sabor amargo de la derrota. Lo que ocurre es que solemos recordar los trofeos y olvidar las caídas que los precedieron. Nos emocionan las victorias, pero pocas veces prestamos atención a los momentos de frustración, a las lesiones, a los errores o a las noches en las que muchos campeones se preguntaron si serían capaces de volver a intentarlo.

Además, existe una diferencia importante entre quienes observan desde fuera y quienes se atreven a competir, pues el que nunca arriesga rara vez conoce la derrota, pero tampoco conoce la satisfacción de superarse a sí mismo. Solo quienes persiguen metas ambiciosas se exponen al fracaso, a la crítica y a la posibilidad de caer. Por eso, cada derrota de un campeón encierra también una lección de valentía, la de haber tenido el coraje de intentarlo, aun sabiendo que el resultado no estaba garantizado.

La historia del deporte está llena de ejemplos que demuestran que las grandes victorias suelen construirse sobre derrotas anteriores. Cada caída aporta una enseñanza, cada error deja una lección y cada obstáculo obliga a desarrollar nuevas fortalezas, por eso, perder no es fracasar. Fracasar sería renunciar al aprendizaje, abandonar el esfuerzo o dejar de creer en uno mismo, y quienes han llegado tan lejos como Ilia Topuria suelen poseer precisamente la cualidad que marca la diferencia, la capacidad de levantarse cuando otros se quedarían en el suelo.

Quizá la enseñanza más valiosa de todo esto trascienda incluso el ámbito deportivo. Todos, en algún momento de nuestra vida, vamos a enfrentarnos a derrotas personales, un proyecto que no sale adelante, una oportunidad perdida, una relación que termina o una meta que parecía al alcance de la mano. En esos momentos podemos dejarnos definir por el tropiezo o entender que forma parte del proceso de crecimiento. La diferencia entre unas personas y otras no suele estar en las veces que caen, sino en las veces que deciden volver a intentarlo.

También conviene recordar que el éxito verdadero no consiste en ganar siempre, de hecho, nadie gana siempre. El éxito auténtico consiste en mantener la coherencia con los propios valores, seguir trabajando cuando desaparecen los elogios y conservar la humildad tanto en la victoria como en la derrota. Los resultados cambian, los aplausos van y vienen, pero el carácter permanece, y es precisamente en los momentos difíciles cuando ese carácter se pone a prueba.

Por eso, antes de juzgar a quien pierde, conviene recordar todo lo que hizo para llegar hasta allí, porque llegar a la cima ya es algo extraordinario, pero mantenerse en ella es aún más difícil, y tener el coraje de volver a empezar después de una derrota es una muestra de fortaleza que merece tanto respeto como cualquier victoria.

El tiempo dirá cuál será el próximo capítulo en la carrera de Ilia Topuria, pero hay algo que ya sabemos: un combate perdido no borra una trayectoria construida con tesón. Los títulos engrandecen a los deportistas, pero es la forma de afrontar la adversidad la que revela su verdadera dimensión humana. Todo guerrero conoce una verdad que la vida se encarga de recordar una y otra vez: las mayores victorias suelen llegar después de haber aprendido a convivir con la derrota, y es precisamente ahí, cuando desaparecen los aplausos y solo queda el carácter, donde nacen los auténticos campeones.

Si Ilia Topuria era un gran deportista, ahora nos demuestra también que es un gran ser humano, pues su mayor éxito sin duda es el que todos/as lo podamos sentir como algo "nuestro". 

 

jueves, 9 de abril de 2020

Hoy no bajes del cielo


    Estimado papá, éste Jueves Santo no bajes del cielo.

   Perdóname si ésta vez falto a la cita, si no cuento lo pasos de una calle Toledo que se muestra extraña, si no charlamos a voz en grito en una ciudad sin voz, sin alegría y sin emoción. Hoy han puesto rejas, por nuestro bien, al mismo amanecer, al viento y a los abrazos. 




     Hoy no podré sonreírte, mientras mis lágrimas callan al sonido unas lejanas trompetas y tambores, mientras un olor a incienso pasa furtivo entre las velas encendidas de una noche tan especial y, donde nuestras manos, agitan el viento esperando acariciarte.

     Tu silla de plata, papá, no rodará por las empinadas calles que tanto nos hacían reír. Te reías siempre de mí cuando aparecía con mis zapatillas de deporte para empujarte, cuando resoplaba por el esfuerzo, pero no, nada nos hacía desfallecer, pues sabíamos que al final nos esperaba su calor, su mirada, su amor.

     Ésta noche todo sonará a silencio, ella no saldrá a nuestro paso y no podremos gritarla con un amor heredado, con una mirada que entre lágrimas se abría paso, cuando llegábamos a su manto, a tu manto mi Macarena.

    Nunca fui de creer papá, pero tú me enseñaste a creer en el amor, en la emoción y en el recuerdo imborrable de las personas que guardas en tu alma, me enseñaste a saber que nadie muere mientras vive en tu corazón. Y así es mi Macarena, nunca fui de creer, pero en ti, ¡sí que creo!.

     Hoy papá, ¡no bajes del cielo!, se han cerrado con barrotes las estrellas y hoy, el grito de ¡guapa!, sonará en mi alma con los ojos cerrados y la mirada en el cielo.

     Hoy, mi Macarena, ¡no mires al cielo!.

   Hoy no podremos estar en la fila de los que aguardan, de los que tiemblan esperándote, sentado en su silla con ruedas de nubes y de sueños, agarrado yo a su hombro como el fiel deudor de una enseñanza, como las piernas que no podían caminar pero que tanto me enseñaron.

    ¡No!, hoy no empujaré su silla, hoy no contendré la respiración cortada por el esfuerzo al verte, al mirarme, al sentir que me hablas como le hablabas a él, pues le han puesto puertas al cielo y no se pueden abrir.

     Hoy no existirá un lugar tan solitario como en el que siempre te esperábamos. Aquella esquina donde lágrimas y aplausos se fundían con nuestras almas, aplaudiendo a un Gran Poder que siempre llegaba el primero a la cita y, donde también, viajaban nuestros sueños.

    Debajo del Cristo, acunando sus pasos, el cansancio en forma de amor, viajaba en el fajín de un costalero. David, mi padre, tantos y tantos seres queridos se movían de un lado a otro entre los latidos de mi compañero, mi socio, mi amigo, haciendo que se parase la noche cuando en el encuentro con la Macarena gritaban, ¡al cielo con ella!. No existen mejores citas que las citas con el cielo, momentos en los que mi Angel, mi todo, resoplaba por el esfuerzo de llevarnos en los hombros, mientras el Cristo buscaba a su Macarena.


     Mil veces nos abrazamos, millones de lágrimas hemos lanzado a un asfalto donde retumbaban los pasos de los costaleros, donde su silla de ruedas era un trono bajado del cielo.


    Yo aprendí a quererte por mi padre Macarena, mi querida Macarena, y siempre diré que un día me miraste y me escuchaste, cuando más te necesitaba. Aprendí que los milagros existen y por eso, ahora, te pido mi Macarena, no te sientas triste si no podemos saludarte.

    Cuando llegue el día, cuando después de las nieblas vuelva a salir el sol, allí estaremos. Yo volveré a subir esa calle, con mis viejas zapatillas, empujando su silla hasta aquella esquina donde todo tiene sentido. Allí volveremos a estar los dos, abrazados, llorando de alegría por mirarte, como el que vuelve a ver a una amiga distante que vive en tu corazón a cada instante.

    Hoy, Jueves Santo mi Macarena, yo seré mi padre y mi padre seré yo, pero no podremos abrazarte. Nada impedirá que ésta noche, en ese momento, en el sentimiento más profundo, allá estemos los dos gritándote ¡guapa!.

     Hoy Papá, llegada nuestra hora, brindaré por ti.

jueves, 18 de abril de 2019

¿Existen los milagros?


       Dicen que todos los amaneceres son iguales pero, hoy, nunca podría ser así. Hoy es Jueves Santo y yo no creo, salvo en aquel milagro que marcó mi vida, abriéndome los ojos al mundo donde “posible” e “imposible”, son emociones que guardo en el alma donde nunca se olvidarán.
      No, con todo el respeto del mundo afirmo no creer, pero creo en aquella mujer que siempre me sonríe, aquella que siempre me espera para charlar, aquel rostro que acompaña mis momentos de angustia. Creo en lo que vi, en lo que sentí, en lo que no tiene ninguna explicación, salvo por un detalle, se llama Macarena, Virgen de la Esperanza Macarena, pero hoy te pediré perdón si no estoy a tu lado.


       Permítanme si empiezo todo diciendo “yo soy mi Padre”. Ismael Dorado, aquel ser del que todo lo aprendí y aprendo podría ser definido por muchos por su problema, era minusválido, inválido…¿pero saben qué?, eso eran cosas que veían las personas que nunca fueron capaces de ver más allá de un gran ser humano. Yo no soy más que un agradecido aprendiz, aquel que sonríe orgulloso cuando me dicen que me parezco a mi padre y cuando me convierto en deudor de una emoción, de un recuerdo y por encima de todo, de una ilusión.
       Pero, déjenme que les cuente una corta historia. Desde muy pequeño, mi padre, sufrió con dureza una terrible enfermedad llamada “Polio”. Unas piernas llenas de cicatrices y deformadas que nunca se permitieron dejar de sujetar a una sonrisa permanente, a un corazón inmenso y a un gran padre, a mi padre.
        La vida avanzó y la enfermedad decidió que sería bueno volver a tomar su oscuro protagonismo, llenando nuestras cabezas con otro terrible nombre, “síndrome de la postpolio”. El dolor aumentó en su cuerpo de manera brutal, las fuerzas de sus pobres piernas desaparecía a cada paso y la silla de ruedas se convirtió en su brioso corcel con el que recorrimos tantas y tantas calles.
       Pero todo se complicó, había que operarle pues su columna no resistía tanta deformidad, había perdido ya la sensibilidad de partes de su cuerpo, pero era el dolor, aquella sombra que de vez en cuando era capaz de borrar su sonrisa.
      ¡Paradojas de la vida!, buscábamos un especialista en Polio pero casi no existían por ser una enfermedad desaparecida por la acción de las vacunas, hasta que llegó aquel médico que nos habló absolutamente claro, ¡casi no había posibilidades de mejora con la operación!.
       Y aquí se empezó a fraguar el milagro. En mitad del miedo, de la desolación, mi padre, una persona apartada del “creyente”, me enseñó a “creer”. Él eran sus devociones, su amor sin  límites por su “Macarena” y compartiendo su corazón, su “Cristo de Medinaceli”. Todo empezaba y terminaba en ellos, en su mirada de amor, en su rostro de ilusión y en su forma de hablarles sin rezar, como el que charla con un amigo amado con el que no hacen falta ambages.
       “¡Debemos buscar ayuda!”, me dijo mi padre, “es urgente que vayas por mí a decirle que la necesitamos”. Era el momento de hablar con su “Macarena”, pero me dijo, “necesito que ésta vez vayas a la Central, necesito que hables con ella no en Madrid sino en Sevilla”. Y allí paré mis pasos ante su puerta Sevillana, sentí que mi corazón se arrugaba por la angustia y la responsabilidad, pero allí me senté. Fue la primera vez que la miré a los ojos con la dureza de un hijo que ama a su padre, comprendí que no debía rezarla pues sería engañarla y le conté todo lo que pasaba. “No entiendo cómo puedes dejar sufrir a una persona que tanto te ama”, la dije con rabia, “no es justo”, ella borró su sonrisa y me dejó vaciar el alma. Sé que cuando bajé la cabeza para llorar, ella me acarició con el gesto del que recibe un mensaje y se pone seguidamente a la solución.
          Regresé a Madrid con el alma rota, intentando coser aquellos rotos inmensos que provocan la pena mientras muestras una gran sonrisa para decir “todo marcha bien”.
         Y llegó el día de la operación. Cerré los ojos mientras le besaba sin comprender cómo podía tener mi padre esa sonrisa de confianza y tranquilidad. Aquellas horas se hicieron eternas y por fin, aquel médico salió a darnos noticias…¡no lo comprendo! dijo, “todo era imposible y todo salió bien”, “nada tiene explicación y ahora creo que se recuperará, es un auténtico milagro”. Yo sí lo comprendí, todo tenía explicación, explotó en mi rostro la verdad donde la ciencia dejó lugar al milagro y sólo se me ocurría un pensamiento, ¡Macarena!.
        Cuando pude llegar a su cama de hospital, él sonreía mientras yo no podía contener las lágrimas. “¿Te das cuenta niño (siempre me llamaba así)?, ella nunca nos deja cuando la necesitamos y se lo pedimos de verdad”. Ese día aprendí a creer en ella.
        Pasaron los años y cada Jueves Santo acudíamos a verla, a gritar y jalear a una virgen Sevillana que ahora era Madrileña, a emocionarnos cuando se miraba a los ojos con Jesús del Gran Poder donde mi amigo, mi socio, mi todo, Ángel, le prestaba sus piernas de costalero llevando la salud de todos en su fajín.
        Merecía la pena subir esa empinada calle de Toledo empujando una silla llena de ilusión pues ella nos esperaba para mostrarnos su sonrisa. Pero un día la pedí todo aquello que uno nunca desea, la pedí que se lo llevara con ella. Él ya no era él, sufría en aquel hospital y la vida se escapaba día a día. “Llegó el final”, le dije, “necesito que le vuelvas a ayudar”, “¡llévatelo contigo!”. Y mientras le afeitaba en aquel hospital, dejó de respirar con su rostro en paz.
        Ahora soy yo el que acude cada Jueves Santo a verte, a gritarte, a preguntarte por todos mientras lloramos y nos sonreímos de corazón a corazón. Tú sabes que yo no creo, pero sabes que creo en ti...con toda mi alma.
        Y el otro día fui a verte, a explicarte que el Jueves no podremos estar allí, y me sonreíste. Llegué con la sensación del que faltará a una gran cita y marché con la alegría del que comprende que siempre la llevo en mi pensamiento.
       Hoy como siempre, uniremos nuestros pensamientos, no existirá lluvia ni frío que nos haga dar un paso atrás y afirmar que sin creer, yo en ti sí creo.
      ¿Existen los  milagros?, por supuesto que sí, yo viví uno. Hoy es un día con un amanecer distinto, hoy es Jueves Santo y tengo una cita con el cielo.