miércoles, 17 de junio de 2026

LA DERROTA NUNCA BORRA LA GRANDEZA




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Hay algo que debería hacernos reflexionar: lo rápido que olvidamos el esfuerzo ajeno cuando aparece una derrota. Hace apenas unos días, muchos consideraban a Ilia Topuria un ejemplo de disciplina, perseverancia y excelencia deportiva. Hoy, tras perder un combate, algunos cuestionan todo aquello que antes admiraban. Es una reacción frecuente en una sociedad que suele valorar más el resultado inmediato que el camino recorrido para alcanzarlo, y, sin embargo, una derrota nunca debería tener el poder de borrar años de sacrificio, constancia y trabajo silencioso.

Detrás de cada campeón hay miles de horas de entrenamiento, renuncias personales y familiares, momentos de duda y una capacidad extraordinaria para seguir adelante cuando las cosas no salen como se esperaba. Lo que vemos durante unos minutos en una competición es únicamente la parte visible de una historia mucho más larga. Por eso resulta injusto reducir la trayectoria de una persona a un único resultado, pues un combate puede ganarse o perderse, pero el esfuerzo invertido para llegar hasta allí permanece intacto.

La derrota de Ilia Topuria no cambia quién es ni lo que ha conseguido, no elimina las victorias anteriores, ni el ejemplo de superación que ha representado para miles de personas. Al contrario, este momento abre una nueva etapa en su carrera, una etapa que también forma parte del camino de cualquier deportista de élite, porque si ganar exige talento, trabajo y preparación, perder exige algo todavía más difícil: humildad, autocrítica y fortaleza emocional.

Los grandes campeones no se distinguen únicamente por los títulos que consiguen, sino por la manera en que responden cuando las circunstancias les son adversas. Después de una derrota llega el momento de analizar lo ocurrido, identificar errores, corregir aspectos mejorables y recuperar la confianza. Es un proceso incómodo, pero también necesario, pues la mejora personal rara vez nace de la comodidad, y suele surgir precisamente en aquellos momentos en los que la realidad nos obliga a detenernos, reflexionar y replantearnos el siguiente paso.

Vivimos en una cultura que busca héroes invencibles, pero la realidad siempre ha sido otra, ya que ninguna trayectoria brillante está libre de tropiezos, ningún deportista ha llegado a la cima sin conocer antes el sabor amargo de la derrota. Lo que ocurre es que solemos recordar los trofeos y olvidar las caídas que los precedieron. Nos emocionan las victorias, pero pocas veces prestamos atención a los momentos de frustración, a las lesiones, a los errores o a las noches en las que muchos campeones se preguntaron si serían capaces de volver a intentarlo.

Además, existe una diferencia importante entre quienes observan desde fuera y quienes se atreven a competir, pues el que nunca arriesga rara vez conoce la derrota, pero tampoco conoce la satisfacción de superarse a sí mismo. Solo quienes persiguen metas ambiciosas se exponen al fracaso, a la crítica y a la posibilidad de caer. Por eso, cada derrota de un campeón encierra también una lección de valentía, la de haber tenido el coraje de intentarlo, aun sabiendo que el resultado no estaba garantizado.

La historia del deporte está llena de ejemplos que demuestran que las grandes victorias suelen construirse sobre derrotas anteriores. Cada caída aporta una enseñanza, cada error deja una lección y cada obstáculo obliga a desarrollar nuevas fortalezas, por eso, perder no es fracasar. Fracasar sería renunciar al aprendizaje, abandonar el esfuerzo o dejar de creer en uno mismo, y quienes han llegado tan lejos como Ilia Topuria suelen poseer precisamente la cualidad que marca la diferencia, la capacidad de levantarse cuando otros se quedarían en el suelo.

Quizá la enseñanza más valiosa de todo esto trascienda incluso el ámbito deportivo. Todos, en algún momento de nuestra vida, vamos a enfrentarnos a derrotas personales, un proyecto que no sale adelante, una oportunidad perdida, una relación que termina o una meta que parecía al alcance de la mano. En esos momentos podemos dejarnos definir por el tropiezo o entender que forma parte del proceso de crecimiento. La diferencia entre unas personas y otras no suele estar en las veces que caen, sino en las veces que deciden volver a intentarlo.

También conviene recordar que el éxito verdadero no consiste en ganar siempre, de hecho, nadie gana siempre. El éxito auténtico consiste en mantener la coherencia con los propios valores, seguir trabajando cuando desaparecen los elogios y conservar la humildad tanto en la victoria como en la derrota. Los resultados cambian, los aplausos van y vienen, pero el carácter permanece, y es precisamente en los momentos difíciles cuando ese carácter se pone a prueba.

Por eso, antes de juzgar a quien pierde, conviene recordar todo lo que hizo para llegar hasta allí, porque llegar a la cima ya es algo extraordinario, pero mantenerse en ella es aún más difícil, y tener el coraje de volver a empezar después de una derrota es una muestra de fortaleza que merece tanto respeto como cualquier victoria.

El tiempo dirá cuál será el próximo capítulo en la carrera de Ilia Topuria, pero hay algo que ya sabemos: un combate perdido no borra una trayectoria construida con tesón. Los títulos engrandecen a los deportistas, pero es la forma de afrontar la adversidad la que revela su verdadera dimensión humana. Todo guerrero conoce una verdad que la vida se encarga de recordar una y otra vez: las mayores victorias suelen llegar después de haber aprendido a convivir con la derrota, y es precisamente ahí, cuando desaparecen los aplausos y solo queda el carácter, donde nacen los auténticos campeones.

Si Ilia Topuria era un gran deportista, ahora nos demuestra también que es un gran ser humano, pues su mayor éxito sin duda es el que todos/as lo podamos sentir como algo "nuestro". 

 

jueves, 9 de abril de 2020

Hoy no bajes del cielo


    Estimado papá, éste Jueves Santo no bajes del cielo.

   Perdóname si ésta vez falto a la cita, si no cuento lo pasos de una calle Toledo que se muestra extraña, si no charlamos a voz en grito en una ciudad sin voz, sin alegría y sin emoción. Hoy han puesto rejas, por nuestro bien, al mismo amanecer, al viento y a los abrazos. 




     Hoy no podré sonreírte, mientras mis lágrimas callan al sonido unas lejanas trompetas y tambores, mientras un olor a incienso pasa furtivo entre las velas encendidas de una noche tan especial y, donde nuestras manos, agitan el viento esperando acariciarte.

     Tu silla de plata, papá, no rodará por las empinadas calles que tanto nos hacían reír. Te reías siempre de mí cuando aparecía con mis zapatillas de deporte para empujarte, cuando resoplaba por el esfuerzo, pero no, nada nos hacía desfallecer, pues sabíamos que al final nos esperaba su calor, su mirada, su amor.

     Ésta noche todo sonará a silencio, ella no saldrá a nuestro paso y no podremos gritarla con un amor heredado, con una mirada que entre lágrimas se abría paso, cuando llegábamos a su manto, a tu manto mi Macarena.

    Nunca fui de creer papá, pero tú me enseñaste a creer en el amor, en la emoción y en el recuerdo imborrable de las personas que guardas en tu alma, me enseñaste a saber que nadie muere mientras vive en tu corazón. Y así es mi Macarena, nunca fui de creer, pero en ti, ¡sí que creo!.

     Hoy papá, ¡no bajes del cielo!, se han cerrado con barrotes las estrellas y hoy, el grito de ¡guapa!, sonará en mi alma con los ojos cerrados y la mirada en el cielo.

     Hoy, mi Macarena, ¡no mires al cielo!.

   Hoy no podremos estar en la fila de los que aguardan, de los que tiemblan esperándote, sentado en su silla con ruedas de nubes y de sueños, agarrado yo a su hombro como el fiel deudor de una enseñanza, como las piernas que no podían caminar pero que tanto me enseñaron.

    ¡No!, hoy no empujaré su silla, hoy no contendré la respiración cortada por el esfuerzo al verte, al mirarme, al sentir que me hablas como le hablabas a él, pues le han puesto puertas al cielo y no se pueden abrir.

     Hoy no existirá un lugar tan solitario como en el que siempre te esperábamos. Aquella esquina donde lágrimas y aplausos se fundían con nuestras almas, aplaudiendo a un Gran Poder que siempre llegaba el primero a la cita y, donde también, viajaban nuestros sueños.

    Debajo del Cristo, acunando sus pasos, el cansancio en forma de amor, viajaba en el fajín de un costalero. David, mi padre, tantos y tantos seres queridos se movían de un lado a otro entre los latidos de mi compañero, mi socio, mi amigo, haciendo que se parase la noche cuando en el encuentro con la Macarena gritaban, ¡al cielo con ella!. No existen mejores citas que las citas con el cielo, momentos en los que mi Angel, mi todo, resoplaba por el esfuerzo de llevarnos en los hombros, mientras el Cristo buscaba a su Macarena.


     Mil veces nos abrazamos, millones de lágrimas hemos lanzado a un asfalto donde retumbaban los pasos de los costaleros, donde su silla de ruedas era un trono bajado del cielo.


    Yo aprendí a quererte por mi padre Macarena, mi querida Macarena, y siempre diré que un día me miraste y me escuchaste, cuando más te necesitaba. Aprendí que los milagros existen y por eso, ahora, te pido mi Macarena, no te sientas triste si no podemos saludarte.

    Cuando llegue el día, cuando después de las nieblas vuelva a salir el sol, allí estaremos. Yo volveré a subir esa calle, con mis viejas zapatillas, empujando su silla hasta aquella esquina donde todo tiene sentido. Allí volveremos a estar los dos, abrazados, llorando de alegría por mirarte, como el que vuelve a ver a una amiga distante que vive en tu corazón a cada instante.

    Hoy, Jueves Santo mi Macarena, yo seré mi padre y mi padre seré yo, pero no podremos abrazarte. Nada impedirá que ésta noche, en ese momento, en el sentimiento más profundo, allá estemos los dos gritándote ¡guapa!.

     Hoy Papá, llegada nuestra hora, brindaré por ti.

jueves, 18 de abril de 2019

¿Existen los milagros?


       Dicen que todos los amaneceres son iguales pero, hoy, nunca podría ser así. Hoy es Jueves Santo y yo no creo, salvo en aquel milagro que marcó mi vida, abriéndome los ojos al mundo donde “posible” e “imposible”, son emociones que guardo en el alma donde nunca se olvidarán.
      No, con todo el respeto del mundo afirmo no creer, pero creo en aquella mujer que siempre me sonríe, aquella que siempre me espera para charlar, aquel rostro que acompaña mis momentos de angustia. Creo en lo que vi, en lo que sentí, en lo que no tiene ninguna explicación, salvo por un detalle, se llama Macarena, Virgen de la Esperanza Macarena, pero hoy te pediré perdón si no estoy a tu lado.


       Permítanme si empiezo todo diciendo “yo soy mi Padre”. Ismael Dorado, aquel ser del que todo lo aprendí y aprendo podría ser definido por muchos por su problema, era minusválido, inválido…¿pero saben qué?, eso eran cosas que veían las personas que nunca fueron capaces de ver más allá de un gran ser humano. Yo no soy más que un agradecido aprendiz, aquel que sonríe orgulloso cuando me dicen que me parezco a mi padre y cuando me convierto en deudor de una emoción, de un recuerdo y por encima de todo, de una ilusión.
       Pero, déjenme que les cuente una corta historia. Desde muy pequeño, mi padre, sufrió con dureza una terrible enfermedad llamada “Polio”. Unas piernas llenas de cicatrices y deformadas que nunca se permitieron dejar de sujetar a una sonrisa permanente, a un corazón inmenso y a un gran padre, a mi padre.
        La vida avanzó y la enfermedad decidió que sería bueno volver a tomar su oscuro protagonismo, llenando nuestras cabezas con otro terrible nombre, “síndrome de la postpolio”. El dolor aumentó en su cuerpo de manera brutal, las fuerzas de sus pobres piernas desaparecía a cada paso y la silla de ruedas se convirtió en su brioso corcel con el que recorrimos tantas y tantas calles.
       Pero todo se complicó, había que operarle pues su columna no resistía tanta deformidad, había perdido ya la sensibilidad de partes de su cuerpo, pero era el dolor, aquella sombra que de vez en cuando era capaz de borrar su sonrisa.
      ¡Paradojas de la vida!, buscábamos un especialista en Polio pero casi no existían por ser una enfermedad desaparecida por la acción de las vacunas, hasta que llegó aquel médico que nos habló absolutamente claro, ¡casi no había posibilidades de mejora con la operación!.
       Y aquí se empezó a fraguar el milagro. En mitad del miedo, de la desolación, mi padre, una persona apartada del “creyente”, me enseñó a “creer”. Él eran sus devociones, su amor sin  límites por su “Macarena” y compartiendo su corazón, su “Cristo de Medinaceli”. Todo empezaba y terminaba en ellos, en su mirada de amor, en su rostro de ilusión y en su forma de hablarles sin rezar, como el que charla con un amigo amado con el que no hacen falta ambages.
       “¡Debemos buscar ayuda!”, me dijo mi padre, “es urgente que vayas por mí a decirle que la necesitamos”. Era el momento de hablar con su “Macarena”, pero me dijo, “necesito que ésta vez vayas a la Central, necesito que hables con ella no en Madrid sino en Sevilla”. Y allí paré mis pasos ante su puerta Sevillana, sentí que mi corazón se arrugaba por la angustia y la responsabilidad, pero allí me senté. Fue la primera vez que la miré a los ojos con la dureza de un hijo que ama a su padre, comprendí que no debía rezarla pues sería engañarla y le conté todo lo que pasaba. “No entiendo cómo puedes dejar sufrir a una persona que tanto te ama”, la dije con rabia, “no es justo”, ella borró su sonrisa y me dejó vaciar el alma. Sé que cuando bajé la cabeza para llorar, ella me acarició con el gesto del que recibe un mensaje y se pone seguidamente a la solución.
          Regresé a Madrid con el alma rota, intentando coser aquellos rotos inmensos que provocan la pena mientras muestras una gran sonrisa para decir “todo marcha bien”.
         Y llegó el día de la operación. Cerré los ojos mientras le besaba sin comprender cómo podía tener mi padre esa sonrisa de confianza y tranquilidad. Aquellas horas se hicieron eternas y por fin, aquel médico salió a darnos noticias…¡no lo comprendo! dijo, “todo era imposible y todo salió bien”, “nada tiene explicación y ahora creo que se recuperará, es un auténtico milagro”. Yo sí lo comprendí, todo tenía explicación, explotó en mi rostro la verdad donde la ciencia dejó lugar al milagro y sólo se me ocurría un pensamiento, ¡Macarena!.
        Cuando pude llegar a su cama de hospital, él sonreía mientras yo no podía contener las lágrimas. “¿Te das cuenta niño (siempre me llamaba así)?, ella nunca nos deja cuando la necesitamos y se lo pedimos de verdad”. Ese día aprendí a creer en ella.
        Pasaron los años y cada Jueves Santo acudíamos a verla, a gritar y jalear a una virgen Sevillana que ahora era Madrileña, a emocionarnos cuando se miraba a los ojos con Jesús del Gran Poder donde mi amigo, mi socio, mi todo, Ángel, le prestaba sus piernas de costalero llevando la salud de todos en su fajín.
        Merecía la pena subir esa empinada calle de Toledo empujando una silla llena de ilusión pues ella nos esperaba para mostrarnos su sonrisa. Pero un día la pedí todo aquello que uno nunca desea, la pedí que se lo llevara con ella. Él ya no era él, sufría en aquel hospital y la vida se escapaba día a día. “Llegó el final”, le dije, “necesito que le vuelvas a ayudar”, “¡llévatelo contigo!”. Y mientras le afeitaba en aquel hospital, dejó de respirar con su rostro en paz.
        Ahora soy yo el que acude cada Jueves Santo a verte, a gritarte, a preguntarte por todos mientras lloramos y nos sonreímos de corazón a corazón. Tú sabes que yo no creo, pero sabes que creo en ti...con toda mi alma.
        Y el otro día fui a verte, a explicarte que el Jueves no podremos estar allí, y me sonreíste. Llegué con la sensación del que faltará a una gran cita y marché con la alegría del que comprende que siempre la llevo en mi pensamiento.
       Hoy como siempre, uniremos nuestros pensamientos, no existirá lluvia ni frío que nos haga dar un paso atrás y afirmar que sin creer, yo en ti sí creo.
      ¿Existen los  milagros?, por supuesto que sí, yo viví uno. Hoy es un día con un amanecer distinto, hoy es Jueves Santo y tengo una cita con el cielo.





sábado, 16 de junio de 2018

¡No importa!

    Dicen que llevamos la vida escrita en las líneas de las manos, cercanas a las caricias, en el terreno de la piel donde se cierran los ojos y se abren los sentidos.
    El mundo gira agarrado a la cintura, del que sabe que el amanecer se pintó en el cielo para dar descanso a la miradas, para rebajar las llamas de la noche mientras guardas en los labios las brasas de los suspiros.
    ¡Quizá no exista un mañana!...¡no importa!...¡quizá las líneas de la mano conducen al abismo y el fuego del cielo nos avisa!...¡no importa!.


¡Nada importa cuando un suspiro recorre tu piel con el estremecimiento de una mirada!
Demasiado tiempo siendo una estatua de sal viendo la mirada de Lot adormecida, convirtiendo la emoción en páramo que se duerme bajo las notas de un violonchelo del destino.
Llegada la hora, ¡enroca tu cuerpo al tablero de la vida!, ¡deja que tus pasos suenen más que tus silencios y llena tu mirada de destinos!.
¡Quizá no exista un mañana!...¡no importa!...¡existe un presente!
Dejó que su espalda se arquease, tensó sus cuerdas esperando que un arco vibrante pusiera sus notas en el pentagrama de unas sábanas revueltas....y esperó....
¡Nada importa cuando un suspiro recorre tu piel con el estremecimiento de una mirada!...…¿o lo importa todo?
                                   
                                                                                                             © Ismael Dorado Psicólogo

sábado, 18 de marzo de 2017

MI HÉROE

      No me resulta nada extraño si un día como el de hoy, día del Padre, no me acordase de mi héroe. 
     Todos los niños suelen ver en su padre a un ser poderoso, fuerte, bello, aquel en que encarnar la sabiduría, ¿pero saben qué?, el mío además de todo eso, viajaba a bordo de una brillante silla de ruedas. 


      Él era mucho más que sus piernas, convertía sus ruedas en brioso corcel que invitaba a recorrer cualquier terreno, cualquier lugar sin importar las distancias pues, mi padre, era un ser único, un auténtico Guerrero de Luz.  
       Me enseñó tantas y tantas cosas que no olvido que, ni con dos vidas, tendría suficiente para traspasar a mis hijas tanta sabiduría. Me enseñó a reirme de las ocurrencias de la vida, a tomarnos a broma nuestros problemas, a convertir los inconvenientes en grandes oportunidades y por encima de todo, me enseñó a ayudar. No crean amigos que todo sale a la primera, en ocasiones todo sale mal, pero me enseñó a no rendirme pues hay ocasiones en que la vida se despista y deja de apretar, mereciendo la pena estar preparado. 
     Un día, mis esposa y yo, decidimos poner tanto cariño en el empeño que amanecimos con dos bebés sonrientes que cambiaron nuestras vidas. En un segundo comprendí que si quería de verdad ser Padre y merecerlo, era necesario entender que debía estar al lado de ellas toda una vida, incluso más allá de ella. Entendí que no había lugar para el cansancio pues mi héroe nunca estaba cansado pese a estar sin dormir, pese a llevar todo el día trabajando, comprendí que si pese a no poder caminar, era siempre el portero en mis lanzamientos con el balón, era por amor y que cuando se tiraba al suelo le costaba todo un mundo volver a levantarse. 
        Estoy totalmente de acuerdo con mi padre que basta que pongamos todo el corazón y el amor en lo que hacemos para que las equivocaciones parezcan más pequeñas. No nacemos con un manual de vida en el bolsillo y nadie está nunca preparado para ser padre, sólo para intentarlo. Soy de los que opina que los que nos llamamos padres somos fundamentales en la vida de nuestros hijos y debemos estar orgullosos de nuestro lugar.  Es una pena que en ocasiones los hijos se conviertar en herramientas en las batallas de los padres.
      Aún cierro los ojos y me veo corriendo por la Latina, bajando la cuesta por la que transitaba aquel bus amarillo de la línea M4 para esperar la llegada del Seat 124 con mi padre a bordo, para acompañarle en los dos últimos minutos rumbo a casa. Ahora amigos, sería capaz de cualquier cosa por volver a vivir uno de esos instantes que guardo en mi alma, por volver a sentir en mi corazón esa sonrisa y por volver a decir "¡hola papá!". 
         ¿Saben qué amigos?, cuando entro en mi casa, roto por la jornada larga y extenuante, lo primero que veo guardado como un tesoro es el viejo bastón de mi padre y la figura de un chino de alabastro regalado por mi Madrina, por mi Tía Carito que compone esa pareja de ases que iluminan mis días. Detrás de todo ello y como un huracán, entran siempre corriendo mis hijas Vera y Gabriela junto con una juguetona perrita llamada Kira para recibirme con una palabra que me emociona "Papi". 
        Cuando no tengo claro qué hacer como padre pienso en mi héroe, recobro pensamientos y palabras y me dejo abrazar por su recuerdo. Pienso en sus caricias, en sus reprimendas, en sus abrazos, en cómo me hacía reir cuando me había herido, en su cara de ilusión cuando la vida me premió con tantas cosas bellas. Creo Papá que voy aprendiendo y a cada instante me esfuerzo. 
         Mi padre ríe, canta, baila y me sigue hablando en un día como el de hoy en el que celebro ser su hijo. Me siento orgulloso de ser quién soy y saber de dónde vengo. No existe el éxito, distinción o premio que me haga olvidar que sigo siendo aquel niño que esperaba a su padre sentado en la acera y que nunca aprendió a patinar. 
         ¡Felicidades mi héroe!, me queda mucho esfuerzo, pero ojalá el día de mañana pueda ver reflejado tanto amor en los ojos de mis hijas como siempre verás en los míos. 
         ¡No puedo evitar pensar en cuánto daría por un sólo instante más!
     
          

viernes, 10 de febrero de 2017

Ahora seremos nosotros

    Y llegó el día mis queridas hijas Vera y Gabriela, el Tío Rafa subió al cielo.
    Con vuestros recién cumplidos 9 años, hemos comprendido una vez más que algunas personas nacen para ser inmortales.
    Se hace difícil para cualquier persona entender la muerte, pero vuestra duda me llenó aún más de emoción por su belleza.
     Permitan unos instantes amigos, si viajo en el recuerdo para contarles algunas cosas.
   
Cada Navidad, cada nochebuena, nuestra familia,  grande, ruidosa y muy numerosa, nos reunimos para sentirnos unidos, para decirnos que nos queremos y entre ellos, el Tío Rafa es una parte fundamental. Cada Navidad reune una amalgama de petardos y cohetes con los que su alma baturra y divertida, hace las delicias de los pequeños de la casa, sirviendo además en mitad del estruendo, para despertar a un Papá Noel que algunas veces se muestra perezoso. Vera y Gabriela descubrieron que quizá debido a sus muchos años, Papá Noel siempre duerme un poquito y el tirar algún petardo y cohete era necesario para despertarlo y hacerle viajar por el cielo.  Mis hijas vivían con emoción el último de los cohetes pues como éste año, vieron ya pasar ese trineo de Papá Noel que nos hizo recordar que la emoción siempre viene de la mano de la ilusión y que madurar nunca está en discusión con soñar.
       El Tío Rafa se marchó de nuestra existencia terrenal pero no de nuestro corazón, de nuestra cabeza ni de nuestra memoria. Él ha sido y es parte de nuestra vida, de toda nuestra existencia, del amor que sentíamos y sentimos por él, de sentirnos orgullosos de cada instante que disfrutamos contigo. Llegó el momento y nos sumamos a ese ¡hasta pronto!.
      El otro día mis queridas Vera y Gabriela cumpliendo el deseo del amor, vuestra madre y yo os llevamos al hospital a despedir al Tío Rafa y, entre lágrimas, os intentábamos consolar y explicar que la muerte nunca es el final de las personas que amamos. Cada vez que cerréis los ojos podréis acariciar, escuchar sus risas, sentir el amor que siempre sintió por vosotras y el sentirnos afortunados del premio que nos otorgó con él la vida. Entiendo ahora vuestra preciosa duda, ¿quién despertará ahora a Papá Noel?. Con el mayor nudo en la garganta os digo que ahora seremos muchos los Rafa a tirar esos petardos que nunca os faltarán. Seguiremos buscando la estrella que más brilla donde viven ahora todos esos seres que tanto amamos. Siento mis amores que vuestra madre y yo lo estamos haciendo bien, sintiéndonos orgullosos de vuestra capacidad de amar y de poner en valor la herencia que nos dejan cada ser amado que pasa por nuestra existencia. Algunos podrían pensar que la cama de una persona que nos está dejando no era lugar para niños, pero sí creo sin duda que es el lugar apropiado para el amor.
       Permite ahora Rafa que te diga que espero no haberme guardado en el corazón ni una sola vez sin decirte "te quiero". Has sido fundamental en todas y cada una de las facetas de mi vida y mi familia se hizo grande el día que llegaste. ¿Que yo te ayudé me decías?, ojalá desde el cielo puedas sentir el agradecimiento que yo siento por cada una de tus palabras, por cada instante, por cada abrazo, por cada vez que me decías las verdades abrazando siempre con tu palabra lo que había que hacer.
       Gracias por siempre confiar en mí, incluso en los últimos instantes, guardando en mi corazón tus últimos deseos. Gracias Rafa por dejarme la más bella de las herencias con mi hermana Manoli y mi sobrina Vanessa. No dudes nunca que no olvidaremos brindar por todos vosotros en vuestra nueva morada del cielo y que ahora nos ocuparemos nosotros de lo que tú, como un gran maestro, nos enseñaste.
        Tengo claro que te echaré de menos, quizá demasiado, pero no dejaremos de seguir sintiendo lo que sentimos por mucho que se vaya llenando el cielo.
         Disculpen hoy mis amigos si no puedo escribir más. Algunas veces unos dedos que tantas veces cosen corazones rotos se hacen líos con el hilo.  Si hoy queremos rendir un bello homenaje a las personas que queremos, ¡sigamos viviendo!. Hoy no podremos dejar de llorar, pero mañana será un gran día para luchar por nuestros sueños

jueves, 22 de diciembre de 2016

El mejor regalo; el que nunca recibí

      ¿No crees en la magia?, yo sin duda alguna sí, ¡con todo mi corazón!.
      Si cierro los ojos aún soy capaz de sentir los nervios de una noche lenta. Unos minutos que parecían ser horas y en los que bajo ningún motivo posible abrías los ojos para no cruzar la mirada con la de los Reyes Magos.
      El corazón te latía tan deprisa que pensaba que no sería capaz de poderme dormir, pero ellos tenían soluciones para todo. Recientemente mis hijas, me explicaron que los Reyes Magos lanzan unos polvos mágicos que hacen que los niños duerman, mientras ellos, entran con sus camellos a dejarte los regalos. ¡Ahora gracias a ellas entiendo tantas y tantas cosas!.


        Nadie nunca me podrá dar una explicación que concuerde con aquel grado de ilusión. ¡Dejen la ciencia y la lógica a un lado para no hacerse muchos líos!, pero yo fuí capaz de ver a un Rey Mago antes de quedar dormido arropado por las mantas. Al día siguiente se lo comenté a mis padres y entendí que podía haber sido del todo posible, pues ellos están siempre a tu lado, velando tus sueños o viajando entre las estrellas. 
       Me siento tan feliz ahora, cuando ayudo a mis hijas Vera y Gabriela a elegir un pequeño almuerzo para esos magos de gran corazón, sin olvidar nunca el cubo de agua fresca para unos sedientos camellos que caminan cargados y felices entrando por las ventanas de los niños sin hacer ruido con sus cascos. ¡Nada se deja al azar pues ellos se lo merecen!.
       Nervios e ilusión que se mezclaban en un mundo sorprendente en el que unos ancianos Reyes, cruzaban el mundo montados en sus camellos para dejarnos esos regalos soñados. ¡Nunca pude llegar a saber cómo eran capaces de acertar siempre!, ¡cómo era capaces de conocer mis notas, saber cómo me había portado y por encima de todo, subsanar esos pequeños errores que siempre se comenten al redactar la carta y olvidar algún regalo!. ¡S.S.MM. los Reyes de Oriente eran sin duda alguna unos sabios!.  
        Es curioso, pero ahora que soy padre, que es ahora cuando mis hijas piden mi regalo en sus cartas elaboradas con tanta ilusión y amor, cuando más creo en los Reyes Magos. No puedo evitar mirar al cielo agradeciendo la ilusión que me transmitieron, sentir que ahora soy deudor de algo más que una tradición, vivir cada segundo como algo en lo que ponemos tanto amor para lograr llenar sus rostros de sonrisas mientras sus manitas tiemblan de impaciencia. Me cuesta trabajo reprimir las lágrimas y raramente lo consigo. 
          Ahora veo cada paquete, cada regalo y no puedo evitar lanzar mi recuerdo a otros tiempos, no puedo evitar recordar cómo el mejor regalo que me trajeron los Reyes Magos fue aquel que nunca recibí.  
         Hace ya tantos y tantos años pero tan vivo en mi mente como si hubiera pasado ayer. Lo estábamos pasando francamente mal y, fueron unos años muy difíciles en los que mi padre, por un negocio complicado buscando siempre lo mejor para su familia, casi se arruinó.
        ¡Teníamos todo el cariño del mundo, todo el amor necesario,  pero bastante poco de todo lo demás!. Tiempos de remiendos en las ropas sobre otros remiendos, ropas prestadas por tus primos y siempre buscar las ofertas del 3x2, donde vestir de la forma más económica posible a una familia de cinco hermanos que comían cada día más y crecían sin parar. 
             Esas navidades fueron muy distintas, al parecer mis padres habían recibido un aviso de los Reyes Magos pidiéndonos reducir los regalos a la mínima expresión. Les puedo asegurar amigos que como orgullosos hijos lo comprendimos pues nuestra creencia se basaba en que hay muchos niños en el mundo necesitados y ellos solicitaban ahora nuestra ayuda. Lo mismo, pensé, los Reyes pueden estar como mis padres y andan mal de dinero. Por si acaso, ese año la carta se resumió en una escasa línea llena de esperanza basada en la capacidad sin límites de SSMM de acertar.
            Al levantarnos la alegría desbordaba toda la casa pese a que aquel cálido salón se encontraba bastante más vacío de paquetes que otras veces. Encima de una silla, una camisa y un sobre componían la transformación de una carta enviada a Oriente.
        La verdad es que no comprendí muy bien el significado pero estaba seguro que los Reyes me estaban queriendo decir algo.
               Abrí el sobre con cuidado y saqué una tarjeta blanca con algo manuscrito:  "Vale por 500 pesetas para Ismaelito de parte del Rey Padre. Ismael".
             ¿Saben qué amigos?, aún hoy, pasados los muchos años que han pasado, cierro los ojos y me pongo a llorar. Esa tarjeta encierra todo el amor, el cariño, la ternura, la magia, el misterio y sin duda, el sentimiento de tener el mejor regalo. No se trataba de un Scalextric, no era un gran juego o una bonita bicicleta, era mucho más, era algo que siempre guardo en mi alma y me acompañará hasta el último de mis días. Un regalo que con el tiempo cambia su color a sepia pero sigue brillando como las luces de una navidad tan viva como el primer día.
               Posiblemente nunca recibí ese "vale" o quizá lo recibí muchas veces, pero lo importante es que siempre recibí el amor hasta el último suspiro.
                 Éstos días estaré rodeado de personas, amigos, familia, de seres queridos donde no soy más que "Ismaelito" y, ¿saben qué?, para mí es un honor.
                Gracias Reyes Magos por el regalo que me dísteis y que me durará toda una vida. No dudéis mis adorados Magos que llegado el día. se lo entregaré a mis hijas como un tesoro.
                    A veces amigos lo mejor, lo más preciado de tu vida, cabe en el tamaño de una tarjeta de visita.
                   No tengan prisa amigos y nunca dejen de creer en los Reyes Magos.
                Felices fiestas y mis mejores deseos para aquel que se siente honrado a cada instante con su amistad. Y por favor, no olviden brindar y sonreír mirando al cielo por sus seres queridos antes de irse a dormir.
                     Ojalá el mundo entero sienta la ilusión de la magia de una navidad que sin duda a muchos nos hace añorar caricias, mientras otros seres pequeñitos cargados de ilusión,  llenan sus cabecitas de magia y de fantasía bella.
                     No olviden cerrar los ojos amigos, quizá éste año los Reyes Magos pasen a darle un beso de buenas noches mientras duermen.
                        ¡Gracias Reyes Magos por existir!.  Siempre os quiere. Ismaelito.